¡Oh Jesús mío, Salvador del mundo!
Hoy me postro ante Ti, mi Señor y mi Dios, el único que tiene poder para sanar el cuerpo, liberar el alma, y restaurar lo que ha sido herido, oprimido o destruido.
Creo en Ti, creo que estás vivo y resucitado, creo que estás aquí conmigo en este momento.
¡Jesús, Hijo del Dios Altísimo, sáname! ¡Libérame! ¡Tócame con tu Sangre Preciosa!
Espíritu Santo de Dios, ven sobre mí en esta hora.
Ven con tu luz, con tu fuego, con tu poder.
Tú que eres el amor del Padre y del Hijo,
entra en lo más profundo de mi corazón y muéstrame todo aquello que necesita ser sanado, todo lo que aún permanece en la oscuridad, todo lo que aún no he perdonado, todo lo que me ata, me hiere y me impide avanzar hacia la libertad gloriosa de los hijos de Dios.
Espíritu Santo, revélame las heridas de mi infancia, los traumas no sanados, los rechazos sufridos, los temores escondidos, las palabras que me marcaron, las miradas que me hirieron, las ausencias que me dolieron, las cadenas que me atan.
Tú eres consuelo, tú eres sanador, tú eres guía.
Llévame al Corazón traspasado de Cristo.
Llévame al único lugar donde puedo ser completamente libre: en los brazos del Salvador.
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