En Italia, en una región montañosa donde abundaban las rocas y los terrenos escarpados, se encontraban varios monasterios de monjes benedictinos, dedicados a la oración, al trabajo y al servicio de Dios. Allí vivía san Benito, un hombre de profunda fe, conocido por su santidad y por los prodigios que Dios obraba por medio de él.
Los monasterios estaban construidos sobre las rocas de una montaña, en lugares apartados, ideales para la vida de oración. Sin embargo, aquella ubicación tenía un gran inconveniente: los monjes sufrían muchas dificultades para conseguir agua. Cada día debían descender por una pendiente peligrosa hasta llegar a un lago, donde podían recogerla y llevarla de regreso a sus monasterios.
El camino era largo y agotador. Además, la inclinación de la montaña hacía que bajar hasta el lago resultara peligroso para los religiosos.
Cansados de aquella situación, los hermanos de los tres monasterios se reunieron y acudieron a san Benito para explicarle su problema.
—Padre, nos resulta muy penoso tener que bajar todos los días hasta el lago para buscar agua. El camino es largo y peligroso, por lo que creemos que será necesario trasladar nuestros monasterios a otro lugar.
San Benito los escuchó con bondad y los consoló, pero no les dijo que debían marcharse. Después de despedirlos, decidió acudir a Dios en oración para buscar una solución a aquella necesidad.
Aquella misma noche, acompañado por un niño llamado Plácido, san Benito subió por las rocas de la montaña hasta llegar al lugar más elevado. Allí permaneció durante largo tiempo orando a Dios.
Cuando terminó de orar, tomó tres piedras y las colocó una encima de otra, como señal en aquel lugar. Después regresó a su monasterio sin que los demás monjes supieran lo que había hecho.
Al día siguiente, los religiosos volvieron a visitarlo para hablarle de la necesidad de conseguir agua. Entonces san Benito les dijo:
—Id a la roca donde encontraréis tres piedras colocadas una encima de otra. Allí debéis excavar un pequeño agujero, pues Dios todopoderoso puede hacer brotar agua incluso en la cima de esa montaña y libraros de la fatiga de recorrer diariamente un camino tan largo.
Los monjes fueron al lugar indicado y encontraron las tres piedras tal como san Benito les había dicho. Cuando comenzaron a excavar en la roca, descubrieron que el agua brotaba de ella.
El agua manó con tanta abundancia que no solo satisfizo las necesidades de los religiosos, sino que continuó fluyendo por la ladera de la montaña hasta las zonas más bajas. De esta manera, los monjes quedaron libres de la necesidad de descender diariamente hasta el lago para abastecerse de agua.
Así, por medio de la oración de san Benito, Dios les concedió el alivio que tanto necesitaban.
El hierro que volvió a su mango
En otra ocasión, un hombre de origen godo, humilde y de espíritu sencillo, acudió a san Benito con el deseo de convertirse y abrazar la vida religiosa. El santo lo recibió con mucho agrado y le permitió incorporarse a la comunidad.
Un día, san Benito le entregó una podadera, y le ordenó que limpiara un terreno cubierto de zarzas, donde deseaba establecer un huerto.
El lugar que debía despejar se encontraba junto a la orilla del lago. El hombre comenzó a trabajar con empeño, cortando las zarzas con todas sus fuerzas.
Sin embargo, mientras trabajaba, ocurrió un accidente: el hierro de la herramienta se desprendió del mango y salió despedido hasta caer en las aguas del lago.
El agua era tan profunda que recuperar la pieza parecía imposible. El pobre hombre se quedó consternado, pues había perdido una herramienta que le habían confiado para realizar su trabajo.
Lleno de temor y preocupación, corrió a buscar al monje Mauro para contarle lo sucedido. Le explicó que el hierro había caído al lago y que no había ninguna esperanza de recuperarlo. Arrepentido por lo ocurrido, manifestó su pesar por el daño que había causado.
Y así, aquel hombre que había acudido al monasterio buscando una nueva vida se encontró ante una dificultad que parecía no tener solución. Sin embargo, todavía quedaba por manifestarse el poder de Dios, que podía socorrer a sus siervos incluso en las circunstancias más difíciles.

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