Una virgen consagrada cayó en pecado con un sacristán. Inmediatamente después, Dios le concedió una compunción tan grande y tan dolorosa que no podía soportar la idea de dar a luz al fruto de su falta. Con lágrimas y súplicas intensas, rogó al Señor que la librara del parto para poder dedicarse plenamente a la penitencia. Su oración fue escuchada de forma misteriosa.
Durante treinta largos años, esta mujer vivió en un hospital sirviendo con humildad y amor a los pobres y enfermos, atendiendo sus necesidades con total entrega. Nunca buscó reconocimiento ni consuelo humano; su vida fue un continuo acto de reparación. Al cabo de los años, Dios reveló a un santo varón que aquella mujer le había agradado más después de su pecado y su profunda penitencia que cuando vivía en virginidad. San Gregorio Magno lo resumió bellamente: “Suele ser más agradable a Dios la diligente penitencia después de la culpa, que la floja inocencia”.
Esta historia es un testimonio poderoso de la misericordia divina y del valor de la penitencia. Muestra que nadie está tan manchado que no pueda ser restaurado, y que Dios valora más el amor y el esfuerzo de quien se arrepiente con todo el corazón que la inocencia tibia de quien nunca ha caído. La virgen pecadora se convirtió, a través del dolor y la humildad, en una de las almas más queridas por Dios.
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