El abismo que se abrió bajo el lecho de Guillaume de Mornay

 

En el año del Señor de 1472, en una pequeña villa de la región de Borgoña, vivía un hombre llamado Guillaume de Mornay, que durante muchos años había despreciado las verdades de la fe y se había apartado de la Iglesia. En su soberbia, llegó a negar los misterios divinos y a burlarse de los sacramentos.

Una noche, mientras se encontraba enfermo y postrado en su cama, sintió que la muerte se acercaba. De pronto, el suelo de su habitación comenzó a temblar, y ante sus ojos se abrió una grieta profunda, de la cual brotaban llamas y un hedor insoportable. Guillaume comprendió, con espanto, que aquel abismo se abría para recibir su alma condenada.

Aterrorizado, empezó a clamar pidiendo auxilio a Dios, con lágrimas y gritos desesperados. Los vecinos, al oír sus alaridos, corrieron a buscar al sacerdote del lugar, el padre Jean de Clamecy, varón piadoso y de vida ejemplar.

El sacerdote acudió con presteza llevando el Santísimo Sacramento. Al entrar en la casa, todos los presentes sintieron un aire pesado y un estremecimiento profundo, como si fuerzas invisibles se resistieran a su llegada. El padre Jean alzó la custodia y la mostró ante el moribundo, diciendo con voz firme:

—“En el nombre de Cristo, retrocedan las tinieblas y huya el enemigo del alma humana.”

En ese instante, las llamas que surgían del suelo se apagaron, el abismo se cerró y el rostro del moribundo se serenó. Guillaume, entre sollozos, pidió confesarse y recibió la absolución de sus pecados.

Muchos testigos afirmaron haber visto un resplandor en torno al altar improvisado donde el sacerdote colocó el Sacramento, y este hecho llevó a la conversión de varios de los que habían presenciado aquel milagro.

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