Hoy es un buen momento para preguntarnos delante de Dios:
¿He despreciado pecados que consideraba insignificantes, sin detenerme a examinar sus consecuencias?
¿He buscado respuestas en supersticiones, agüeros o prácticas contrarias a mi fe?
¿He pronunciado blasfemias o utilizado el nombre de Dios sin el debido respeto?
¿He jurado en vano, mentido o pronunciado palabras que han herido injustamente al prójimo?
¿Estoy viviendo preparado para comparecer ante Jesucristo, o continúo aplazando mi conversión?
No hagamos de este examen una ocasión para juzgar a los demás. Comencemos por nuestra propia conciencia, reconozcamos nuestras faltas y acudamos al sacramento de la Confesión con verdadero arrepentimiento.

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