⚖️ EL TORRENTE DEL INFIERNO: EL TERRIBLE JUICIO DE UN HOMBRE TIBIO

En el año 1789, en una pequeña población de Castilla, España, vivía un hombre llamado Tomás de Arriaga, de cuarenta y seis años. 

Tomás llevaba años aplazando su conversión. Se confesaba cuando temía por su salud, prometía cambiar cuando atravesaba alguna desgracia y volvía a sus antiguos hábitos en cuanto recuperaba la tranquilidad. Su esposa le suplicaba que rezara con la familia y que dejara de posponer sus deberes religiosos.

—Tomás, cada noche te acuestas pensando en tus negocios. ¿Cuándo vas a pensar en tu alma?

Él continuaba contando las monedas de su caja y respondía con una sonrisa despreocupada:

—Todavía tengo muchos años por delante, Beatriz. Cuando sea anciano, tendré tiempo para esas cosas.

Aquella respuesta se convirtió en su refugio durante años.

, una epidemia recorrió varios pueblos de la región. Tomás enfermó gravemente y pasó .

El 3 de diciembre de 1801, Tomás regresó a su casa después de una jornada de trabajo. Tenía cuarenta y nueve años. Durante la cena, Beatriz le habló de un vecino que había muerto repentinamente aquella misma mañana.

—El pobre apenas tuvo tiempo de despedirse de sus hijos —comentó ella.

Tomás bebió un sorbo de vino y respondió:

—Cada cual muere cuando le llega su hora. Yo todavía tengo mucho que hacer.

Aquella noche se acostó tarde. Antes de dormirse, miró el crucifijo que colgaba sobre su cama. Por un instante recordó la promesa hecha durante su enfermedad, pero apartó aquel pensamiento y cerró los ojos.

Poco después de la medianoche, despertó sobresaltado. Sintió una presión terrible en el pecho, intentó incorporarse y cayó al suelo.

—¡Beatriz! ¡Beatriz, ven pronto!

Su esposa se levantó aterrorizada. Encontró a Tomás aferrado a las sábanas, con el rostro desencajado y la respiración entrecortada.

—¡Manda llamar al sacerdote! —gritó él.

Alonso salió corriendo por las calles desiertas. Golpeó la puerta de la casa parroquial, pero cuando el sacerdote llegó, Tomás ya había dejado de respirar.

Beatriz se arrodilló junto al cuerpo de su esposo y comenzó a rezar.

Sin embargo, mientras su familia lloraba junto a sus restos mortales, el alma de Tomás compareció ante el tribunal de Jesucristo.

⚖️ El juicio particular

Tomás se encontró ante Jesucristo y comprendió que había llegado el momento de responder por toda su vida.

La presencia del Señor lo sobrecogió. Todos los argumentos que tantas veces había utilizado para tranquilizar su conciencia se desvanecieron. Ante él apareció su historia entera, desde los días de su infancia hasta el último instante de su existencia.

Vio a su madre enseñándole a rezar. Vio las primeras comuniones de sus hijos, las Misas a las que había faltado por atender sus negocios y las ocasiones en que había engañado a sus clientes para obtener mayores ganancias.

Entonces apareció ante sus ojos aquella habitación de 1798, donde había jurado cambiar si recuperaba la salud.


Tomás cayó de rodillas.


—¡Señor mío, Jesucristo! ¡Ten misericordia de mí!


La voz del Señor penetró hasta lo más profundo de su alma.


—Tomás, durante tu vida conociste mis mandamientos. Muchas veces reconociste tus faltas y prometiste enmendarte. Te concedí tiempo, advertencias y oportunidades para regresar a mí. ¿Qué hiciste con la gracia que recibiste?


Tomás levantó la cabeza, temblando.


—Señor, tuve miedo de morir. Después recuperé la salud y pensé que podría cambiar más adelante. Mi familia dependía de mí. Quería asegurar el porvenir de mis hijos.


Jesucristo le mostró entonces a su esposa rezando por él, a su hijo suplicándole que abandonara sus malas costumbres y al sacerdote que había acudido a su casa durante aquella enfermedad.


—Tu esposa te pidió que oraras con ella. Tu hijo te recordó tus promesas. Tu conciencia te advirtió muchas veces. ¿Cuántas veces respondiste que todavía tenías tiempo?


Tomás comenzó a llorar.


—¡Perdóname, Señor! ¡Si pudiera regresar a la tierra, cumpliría todo lo que te prometí! ¡Repararía mis injusticias! ¡Cambiaría mi vida entera!


El Señor le mostró entonces las numerosas ocasiones en que había podido arrepentirse sinceramente. Tomás comprendió que había recibido oportunidades reales para corregir sus faltas, acudir a los sacramentos y ordenar su vida conforme a la voluntad divina.


—Señor, ¡yo creía en Ti! —exclamó desesperado—. Nunca dejé de llevar tu imagen. ¡Nunca dejé de considerarme cristiano!


Y Jesucristo le respondió:


—Me llevabas sobre tu pecho mientras tu corazón se aferraba a sus propios intereses. Pronunciabas mi nombre y después posponías mi voluntad. Creíste que podrías disponer de tu tiempo hasta el día que tú eligieras.


Tomás sintió que aquellas palabras atravesaban su alma. Recordó cada ocasión en que había dicho «mañana», cada promesa que había abandonado y cada vez que había silenciado su conciencia para continuar viviendo a su manera.


Entonces comprendió que el día siguiente que tantas veces había esperado jamás llegaría.


🌊 La sentencia y la bestia del torrente


De pronto, ante Tomás apareció un torrente gigantesco. Sus aguas descendían con una violencia espantosa entre rocas escarpadas, arrastrando árboles, piedras y cuanto encontraba a su paso. El estruendo era tan aterrador que parecía sacudir las profundidades de aquel lugar.


Tomás retrocedió horrorizado.


Desde el fondo de aquel torrente surgió una criatura monstruosa. Su cuerpo era deforme y sus movimientos, rápidos y violentos. La bestia levantó la cabeza, fijó sus ojos sobre él y comenzó a avanzar.


—¡Señor, aparta de mí esa criatura! —gritó Tomás.


Entonces escuchó la sentencia:


—Dado que no quisiste permanecer fiel a la fe que me prometiste ni manifestar hacia mí el amor que debías, serás entregado a una criatura que te arrastrará hacia las profundidades del infierno. Así como el torrente corre continuamente hacia abajo, ella te llevará a las regiones inferiores. Y, del mismo modo que no puedes remontar por tus propias fuerzas esas aguas impetuosas, tampoco podrás salir del infierno una vez condenado.


Tomás comprendió el significado de aquellas palabras y lanzó un grito desgarrador.


—¡No! ¡Dame una oportunidad! ¡Solo necesito una oportunidad más!


La bestia se abalanzó sobre él.


Tomás intentó huir, pero sus pies quedaron atrapados. La criatura lo sujetó y comenzó a arrastrarlo hacia la corriente. Él se aferró a una roca, clavando los dedos con desesperación.


—¡Jesucristo, ten piedad! ¡No permitas que me lleven!


La corriente golpeó su cuerpo. La roca se desprendió y Tomás fue arrastrado hacia el abismo.


Mientras descendía, vio cómo se alejaba la presencia ante la que había comparecido. Quiso volver, suplicar nuevamente, pronunciar otra promesa, pero la bestia lo hundió cada vez más en aquellas profundidades.


Sus gritos se mezclaron con el rugido del torrente.


Finalmente, la criatura lo devoró y desapareció con él en las entrañas del infierno.


Y Tomás comprendió, en medio de aquel horror, la terrible consecuencia de haber aplazado su conversión hasta quedarse sin tiempo.


🕯️ El último recuerdo


En la tierra, Beatriz permaneció de rodillas junto al cuerpo de su esposo. Alonso regresó a la casa acompañado por el sacerdote, pero ya nada podía hacerse por Tomás.


Al día siguiente, mientras preparaban el funeral, Beatriz encontró sobre la mesa un pequeño papel escrito años atrás. Era una promesa que su esposo había redactado después de recuperarse de aquella enfermedad:


«Si Dios me concede la salud, cambiaré mi vida y seré fiel a Jesucristo hasta mi muerte».


Beatriz estrechó el papel contra su pecho y lloró amargamente.


—Dios mío, cuántas veces te prometió que volvería a Ti…


Nadie en aquella casa conocía lo sucedido durante el juicio particular de Tomás. Su destino eterno pertenecía al juicio de Dios, y sus familiares solo podían encomendar su alma a la misericordia divina.


Pero aquella historia dejaba una advertencia para todos los que todavía tenían tiempo de cambiar.


Cada promesa hecha a Jesucristo debe tomarse en serio. Cada pecado debe movernos al arrepentimiento. Cada día recibido es una oportunidad para volver a Dios.


Porque llegará una hora en que terminarán nuestros negocios, se cerrarán nuestros ojos y quedarán atrás todas las preocupaciones de este mundo.


Y entonces cada alma comparecerá ante Jesucristo.


Que el Señor nos conceda la gracia de perseverar en la fe, arrepentirnos sinceramente de nuestros pecados y permanecer fieles hasta el último día de nuestra vida. Amén. 🙏

Comentarios