En una pequeña ciudad llamada Valdecristo vivía un hombre llamado Esteban de Montiel, un rico comerciante de 68 años que había dedicado toda su vida a acumular propiedades, tierras y dinero.
Poseía varias casas, grandes extensiones de terreno y almacenes repletos de mercancías. Sin embargo, era conocido por su avaricia. Pagaba salarios miserables, engañaba a sus socios, se aprovechaba de los pobres y jamás ayudaba a quienes acudían a su puerta pidiendo alimento.
Una tarde, un anciano llamado Mateo llegó hasta su residencia para pedirle ayuda. Su esposa estaba enferma y sus hijos llevaban dos días sin comer.
—Señor Esteban, le ruego que tenga compasión. Usted tiene abundancia y nosotros no tenemos nada para comer.
Esteban lo miró con desprecio.
—¡Vete de mi propiedad! No he trabajado toda mi vida para regalar mi dinero a los vagabundos.
El anciano se marchó llorando.
Aquella misma noche, Esteban organizó una cena en su mansión. Mientras sus invitados comían y bebían, se jactaba de las tierras que había adquirido y de las personas a las que había conseguido despojar de sus bienes.
Pero aquella sería su última cena.
Al amanecer, sus sirvientes lo encontraron muerto en su habitación.
**EL JUICIO DEL ALMA**
Esteban abrió los ojos y se encontró ante una realidad que jamás había imaginado. Ya no estaba en su mansión, ni podía contemplar sus propiedades. Se encontraba ante el tribunal de Dios.
Allí comprendió que estaba siendo juzgado por sus acciones.
Una voz solemne le recordó las oportunidades que había recibido, las personas a las que había perjudicado y las ocasiones en que pudo practicar la caridad y se negó a hacerlo.
Esteban intentó justificarse:
—¡Señor, trabajé durante toda mi vida! ¡Todo lo que tengo lo conseguí con mi esfuerzo!
Pero se le respondió:
—¿Y qué hiciste con los bienes que te confié? ¿Acaso no viste al pobre que llamó a tu puerta? ¿No escuchaste sus súplicas? Tuviste abundancia y negaste ayuda a quienes padecían necesidad. Amabas tus riquezas más que la justicia y la misericordia.
Entonces se pronunció una sentencia terrible:
—No contemplará mi rostro y será condenado por su perversidad y avaricia, puesto que quienes no creen no merecen contemplar mi visión. Deberá ser encerrado y confinado, apartado de mi presencia, como un hombre que ha perdido el juicio.
Esteban comprendió entonces que todas aquellas riquezas por las que había sacrificado su vida no podían acompañarlo ni librarlo de las consecuencias de sus actos.
**LA LECCIÓN PARA LOS VIVOS**
Mientras sus familiares discutían por la herencia, sus propiedades cambiaban de dueño y sus cuentas bancarias pasaban a otras manos, el alma de Esteban ya no podía regresar para reparar el daño que había causado.
Había tenido años para arrepentirse, pero siempre pensó que tendría tiempo para hacerlo más adelante.
¡Cuántas personas viven de la misma manera! Acumulan dinero, propiedades y posesiones, olvidando que llegará el día en que tendrán que comparecer ante Dios.
Jesucristo nos advirtió:
«¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?» (Marcos 8,36).
No esperemos a que llegue nuestra última hora para comprender el valor de la caridad, la justicia y el arrepentimiento.
🙏 Señor, líbranos de la avaricia, enséñanos a compartir nuestros bienes y concédenos la gracia de vivir preparados para nuestro encuentro contigo. Amén.

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