No esperemos a perderlo todo para acordarnos de Dios.
No esperemos la enfermedad para comenzar a rezar.
No esperemos la pobreza para aprender a agradecer.
No esperemos una tragedia para entrar en la iglesia.
No esperemos la muerte para pensar en nuestra alma.
Mientras tenemos tiempo, convirtámonos.
Si hemos pecado, confesemos nuestros pecados.
Si hemos abandonado la oración, volvamos a rezar.
Si hemos sido injustos, reparemos el daño.
Si hemos vivido dominados por la avaricia, aprendamos a compartir.
Si hemos puesto nuestra confianza en las criaturas, volvamos nuestro corazón hacia el Creador.
Porque Dios no quiere nuestra perdición.
Muchas veces permite que experimentemos nuestra propia fragilidad precisamente para que comprendamos que sin Él no podemos sostenernos.

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