quien sirve a los enfermos recibe del Señor una gracia extraordinaria

 fraile llamado Diego, que pasó alegremente a la vida bienaventurada porque durante el día y durante la noche se dedicaba al servicio de los enfermos.

Su caridad llegaba hasta extremos que hoy pueden resultar difíciles de imaginar. Llegaba incluso limpiar la materia que salía de las llagas cancerosas de los enfermos.

No veía aquellas heridas simplemente como algo repugnante, sino como una ocasión de servir a Cristo en la persona del que sufría.


El médico Alquirino

Pero aún hay otro ejemplo más admirable: el del médico Alquirino.

Antes de entrar en religión catolica , Alquirino ejercía la medicina y atendía voluntariamente a los pobres sin exigirles remuneración alguna.

Su caridad se dirigía especialmente hacia los enfermos que padecían graves enfermedades, aquellos cuyos cuerpos estaban cubiertos de úlceras y consumidos por la gangrena.

Cuando posteriormente ingresó en la vida religiosa y se hizo monje cisterciense, no abandonó aquella obra de misericordia. Al contrario, se entregó todavía más plenamente al servicio de los enfermos.

Las llagas de los enfermos como las llagas de Cristo

Alquirino trataba las heridas de aquellos desgraciados con una devoción extraordinaria.

Besaba sus llagas con tanta reverencia que parecía hacerlo como si estuviera besando las propias llagas de Jesucristo.

Esta es precisamente la clave espiritual del relato: para Alquirino, el enfermo no era simplemente un hombre cubierto de heridas, sino alguien en quien podía reconocer al Cristo sufriente.

Por eso su servicio adquiría un carácter profundamente religioso.

La aparición de Cristo

La tradición cuenta que, mientras Alquirino estaba orando, fue considerado digno de contemplar una visión de Nuestro Señor Jesucristo.

Se le apareció completamente cubierto de llagas, desde la cabeza hasta las plantas de los pies, y de ellas brotaba abundante sangre.

Alquirino, movido por la compasión hacia su Señor, contempló aquellas heridas como había contemplado tantas veces las de los enfermos a los que había atendido.

Entonces Cristo, levantando su mano ensangrentada, derramó sobre él una abundante bendición.

El relato presenta así una correspondencia entre las obras de misericordia que Alquirino había realizado con los enfermos y su devoción a las heridas de Cristo.

Alquirino ante la muerte

Cuando Alquirino se encontraba ya próximo a morir, daba muestras de una alegría extraordinaria.

El abad, sorprendido de que no manifestara temor ante la muerte, le preguntó por qué permanecía tan alegre.

Alquirino respondió que el Señor lo había consolado en aquel momento extremo.

Según el relato, Cristo le había permitido contemplar y besar sus llagas y le había dicho:

«Osculare haec vulnera, quae in meis adeo dilexisti et veneratus fuisti».

«Besa estas heridas, que tanto amaste y veneraste».

Por eso Alquirino no veía ya la muerte con terror. Después de haber dedicado su vida a cuidar las heridas de los enfermos por amor de Cristo, recibía la muerte con confianza y alegría.

Su servicio a los enfermos había sido también un servicio a Cristo.

La enseñanza para quienes atienden a los enfermos

Después de presentar estos ejemplos, el texto pasa a una aplicación práctica.

No pretende hablar simplemente del servicio a los enfermos en general. Su propósito es dirigirse a quienes, por caridad o por obligación, tienen la responsabilidad de ayudar a las almas de los enfermos.

Especialmente pretende enseñarles cómo deben acercarse a una persona gravemente enferma y cómo pueden ayudarla a prepararse para recibir los sacramentos y alcanzar una muerte en paz.

El sacerdote ante el enfermo

Cuando el sacerdote sea llamado por un enfermo, debe acudir preparado tanto de caridad como de celo.

Pero ha de tratarse de una caridad prudente y de un celo desinteresado.

Porque si existe un momento en que resulta especialmente necesaria la prudencia, es precisamente durante la enfermedad, sobre todo cuando esta se agrava y comienza a amenazar la vida.

El sacerdote debe saber encontrar el equilibrio adecuado: no asustar innecesariamente al enfermo, pero tampoco ocultarle la gravedad de su situación cuando existe verdadero peligro de muerte.

La verdadera caridad en la hora final

La finalidad no consiste simplemente en aliviar el sufrimiento del cuerpo.

Hay que procurar también que el enfermo esté preparado espiritualmente, que pueda reconciliarse con Dios, recibir los sacramentos y afrontar la muerte con confianza.

De ahí que el texto conceda tanta importancia a quienes atienden a los enfermos.

Servir al enfermo es servir a Cristo; consolarlo es ejercer la caridad; y ayudarlo a prepararse para morir reconciliado con Dios es una de las obras de misericordia más grandes que puede realizarse.

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