Prudencia al consolar a los enfermos

No se debe caer en excesos de indignación cuando se encuentra dureza de corazón.

Del mismo modo debe procederse con las almas enfermas: primero hay que procurar consolarlas y ganarse su confianza, y después, cuando sea oportuno, aplicarles el remedio necesario.

No aterrorizar al enfermo

He visto a algunos presentarse en las habitaciones de los enfermos con un rostro de plomo, llevando en el semblante llamas de indignación y hablando con una voz semejante al trueno.

Entran directamente en los terrores, como si hubieran sido enviados a Nínive para anunciar los cuarenta días de penitencia de Jonás.

Pero esto no es consolar a un enfermo, sino ponerlo en desesperación.

Evitar los largos discursos

Pretender después ponerse a discurrir como si hubiera que hacer una gran predicación al pueblo tampoco viene al caso con un enfermo.

A un hombre que se encuentra debilitado por la enfermedad, hablarle durante mucho tiempo y en voz alta no le disminuye el mal, sino que le aumenta el dolor y le hace más pesada la cabeza.

Tampoco es prudente lanzarse a hacer una lección de teología especulativa, discurriendo largamente sobre la gracia divina.

Aquí no se trata de entablar una disputa teológica, sino de proponer al enfermo motivos de consuelo y ayudarle a preparar su alma.

La prudencia del sacerdote

Es necesario, por tanto, informarse primero de la naturaleza de la enfermedad: si es grave, si es peligrosa, si el enfermo es tímido o, por el contrario, valeroso.

Y según sean las personas, así debe tratarse a cada una de manera diferente, como hace el médico experto, que no prescribe a todos los enfermos los mismos medicamentos.

Cada alma necesita un tratamiento adecuado a su estado.

Preparar al enfermo para la confesión

Por eso, mientras la enfermedad todavía no dé señales de un grave peligro para la vida, quien visita al enfermo puede introducir, con prudencia, motivos de consolación y persuadirlo para que reciba la enfermedad con resignación, dando gracias a Dios por ella como algo que procede de su mano paternal

«El Señor corrige a todo hijo que recibe».

La enfermedad puede ser así una ocasión para volver los ojos hacia Dios y reconocer su providencia incluso en medio del sufrimiento.

La enfermedad del cuerpo y la enfermedad del alma

Pero si el enfermo es un hombre mundano, sumergido en los vicios y tiranizado por sus pasiones, entonces es necesario introducirse con habilidad en su conciencia y hacerle comprender que la enfermedad es hija del pecado.

Porque las culpas, cuando cabalgan, llevan las penas a la grupa.

Por eso, si se reconcilia con Dios mediante una buena confesión, el enfermo podrá sanar de una doble enfermedad: la del alma y la del cuerpo.

La providencia divina, según esta enseñanza, permite que al pecador le sobrevengan sufrimientos no solamente como castigo, sino también como corrección de su vida desordenada y disoluta.

San Gregorio y el sufrimiento como purificación

San Gregorio Magno lo expresaba de esta manera:

«Debemus Omnipotenti Deo gratias agere, quia, qui ex carnis blandimentis peccavimus, ex carnis afflictione purgamur».

«Debemos dar fervorosísimas gracias a Dios todopoderoso, porque quienes hemos pecado dejándonos llevar por los placeres de la carne somos purificados mediante las aflicciones de la carne».

Así, debemos dar afectuosísimas gracias al Padre de las Misericordias, porque, habiendo pecado mediante nuestros sentidos rebeldes, Dios se sirve de esos mismos sentidos para corregirnos mientras nos castiga.

El sufrimiento puede convertirse, por tanto, en medicina espiritual cuando conduce al arrepentimiento y a la conversión.

Ejemplos de las historias de la Iglesia

En este y en otros propósitos semejantes, el sabio que consuela debe tener siempre a mano algunos ejemplos prácticos tomados de las historias eclesiásticas.

Estos ejemplos sirven, como bocados preciosos, para consuelo del corazón.

No basta con hablar al enfermo de manera abstracta. Las historias concretas de personas que sufrieron, se arrepintieron, confiaron en Dios y encontraron consuelo pueden llegar mucho más fácilmente al corazón de quien se encuentra postrado por la enfermedad.

El texto continúa entonces con uno de estos ejemplos tomado de la historia de la Iglesia.

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