La doctrina de Santo Tomás sobre el pecado mortal

 

Para dar al menos de pasada su lugar a las doctrinas teológicas, enseña Santo Tomás que en el pecado mortal deben considerarse dos formalidades: la aversión del Creador y la conversión a la criatura.

La primera implica un bien infinito e ilimitado; la segunda, un bien limitado y finito.

Por razón de la primera, al pecador que muere sin arrepentimiento ni contrición le está preparada en el Infierno una pena infinita, no en cuanto a su intensidad, porque la criatura no es capaz de soportarla infinitamente, sino en cuanto a su duración, pues el castigo es eterno.