Las adversidades separan al alma de las cosas terrenas y la acercan al cielo. Por medio de las tribulaciones, la persona reconoce sus pecados, abandona los bienes pasajeros y aprende a buscar los eternos.
Se recuerda, a través de las palabras atribuidas a Jerusalén después de su destrucción, que Dios puede servirse de las aflicciones como instrumento de corrección y enseñanza. El sufrimiento puede abrir el entendimiento para reconocer la gravedad del pecado, considerar la justicia divina y vivir en adelante con mayor prudencia.
Cristo mismo promete: «Lloraréis y lamentaréis, pero vuestra tristeza se convertirá en gozo». Así, las lágrimas, los suspiros, las penas y las persecuciones de esta vida pueden transformarse en una alegría eterna y permanente.
La predicación utiliza una comparación muy expresiva: el sufrimiento es la moneda que circula en el mercado de este mundo. Así como un comerciante necesita una moneda aceptada para adquirir sus mercancías, quien desea alcanzar el Reino de los Cielos debe servirse de la moneda que Dios ha dispuesto: el sacrificio, la paciencia, la pobreza, el trabajo, las humillaciones, las enfermedades y las tribulaciones.
Cristo ha venido al mundo como a un gran mercado donde ofrece los bienes celestiales. San Agustín pregunta qué vende el Hijo de Dios, y la respuesta es: el Reino de los Cielos. ¿Y cuál es su precio? El texto responde: por la pobreza, el Reino; por el dolor, la alegría; por el trabajo, el descanso; por la humillación, la gloria; y por la muerte, la vida.
De este modo, la verdadera caridad prefiere sufrir aquí antes que buscar únicamente los placeres de esta vida, porque comprende que el sufrimiento presente puede convertirse en medio para alcanzar el gozo eterno.
El cielo no se compra con dinero, riquezas, conocimientos, fuerza física ni posición social. Si así fuera, los pobres, los ignorantes, los enfermos y los débiles quedarían excluidos. Dios ha establecido una moneda accesible a todos: la paciencia en las tribulaciones y la aceptación cristiana de la cruz.
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