Las malas compañías si corrompen

En el año 1700, dos jóvenes caminaban por una calle de Madrid cuando escucharon de pronto unos cantos dulcísimos que procedían de una taberna. Uno de ellos ya era católico y trataba de guiar al otro, un muchacho que se había convertido al catolicismo hacía muy poco tiempo.

Al acercarse, fueron invitados por quienes estaban allí.

El joven que ya era católico dijo:

«El sabio enseña que no debemos pasar por los lugares de gente malvada, sino huir de ellos».

Y no quiso entrar, siguiendo su camino.

Pero el otro muchacho, el recién convertido, atraído por la dulzura de los cantos y por no saber decir que no, entró con ellos.

Desde la calle, el amigo católico se asomó e insistió repetidas veces para que saliera, pero el muchacho de dentro se negaba a abandonar la fiesta. En un momento dado, al mirar hacia una esquina del salón, el joven recién convertido palideció: a través de la ventana pudo ver claramente a su ángel de la guarda, que estaba allí de pie, cubierto de lágrimas y mirándolo con tristeza.

Cuando el muchacho, temblando, les dijo a los demás que estaba viendo a su ángel llorando por ellos, los presentes soltaron una carcajada general y empezaron a burlarse, diciendo que estaba completamente loco y delirando.

Justo en ese preciso instante en que se reían de él, llegó de repente el gobernador de la ciudad con sus guardias y arrestó a todos los que estaban en la taberna, acusándolos de haber cometido un homicidio. El muchacho ya no logró salir.

Todos fueron condenados a muerte, incluido él.

Cuando se encontraba cerca de morir en prisión, comenzó a pensar:

«Ahora lo comprendo por experiencia: qué mal es asociarse con los malvados».

Y comparó aquella situación con varias cosas:

Es como poner una vestidura preciosa en manos de un tintorero malvado y no poder recuperarla limpia.

Es como arrojar un recipiente lleno de bálsamo a una letrina.

Así sucede con el alma cuando se mezcla voluntariamente con el pecado.

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