De aquí tomó principio la solemne fiesta que hacían en Roma las esclavas.
Así podemos decir que la sensualidad es semejante a aquella fuente de Licia de la que escriben algunos autores que quienes entraban en ella salían afeminados y debilitados.
Por eso Ovidio, usando de su estilo poético, dijo que los que se bañaban en aquella fuente se convertían en mujeres.
Si lo entendemos en relación con los efectos de la lujuria, podemos decir que nunca se llevaron bien con la fortaleza y el valor, sino que fueron siempre enemigos capitales.
Así los consideraban aquellos antiguos atletas de quienes hace mención el Apóstol. Se ejercitaban en luchar y correr y vivían en perpetua continencia para conservar sus fuerzas hasta el momento en que habían de demostrar su fortaleza.
La sensualidad y la fortaleza tanto del cuerpo como del alma son, incompatibles.
El placer y la fortaleza
El placer sensual y la fortaleza son presentados como realidades incompatibles.
El texto cita a Plutarco, quien argumenta contra Epicuro para mostrar que la entrega desordenada al placer termina debilitando al hombre.
Según esta enseñanza moral, quien se entrega a la torpeza se entrega también, de alguna manera, al dolor y a la debilidad que ordinariamente la acompañan.
San Agustín refiere a este propósito una antigua expresión de los gentiles.
Decían que Venus no había sido esposa de Marte, dios de las batallas, sino solamente su amante.
La imagen pretende enseñar que la sensualidad y el espíritu guerrero no armonizan: donde domina excesivamente el placer, se debilitan el esfuerzo, la disciplina y el valor.
El origen del llamado «mal francés»
Respecto al origen de esta enfermedad, existían diversas opiniones.
Algunos afirmaban que se trataba de la misma enfermedad que, según Plinio, había afligido al mundo durante el tiempo del emperador Tiberio César.
Otros sostenían que había llegado de las Indias Occidentales a Europa después de su descubrimiento.
Sin embargo, la opinión que el autor considera más común y más probable era que la enfermedad había aparecido en Europa con especial fuerza durante la campaña del ejército francés en Italia, en tiempos de Carlos VIII, rey de Francia.
Según las crónicas de la época, aquel ejército habría cometido numerosas violaciones, adulterios y sacrilegios en los lugares por donde pasó.
Se afirmaba que ninguna casa ni monasterio estaba libre de agravios, abusos y deshonras.
Las historias de aquel tiempo, según el texto, estaban llenas de relatos sobre estos hechos.
Fue entonces cuando, por primera vez, se habría visto esta enfermedad en Europa —o al menos con una violencia y extensión que hasta entonces no se habían conocido.
El autor interpreta esta terrible enfermedad desde una perspectiva religiosa y moral: considera que Dios permitió un castigo doloroso y vergonzoso como consecuencia de las grandes abominaciones y desórdenes cometidos.
De este modo, la enfermedad aparece en el texto no solamente como una dolencia física, sino también como una advertencia moral sobre las consecuencias de una vida entregada al vicio.
La enseñanza central es que la sensualidad desordenada puede terminar afectando al cuerpo, debilitando el ánimo y alejando al ser humano de la virtud.
Por eso, el autor presenta la continencia, la disciplina y el dominio de los propios deseos como caminos necesarios para conservar la fortaleza del cuerpo y, sobre todo, la fortaleza del espíritu.

Comentarios
Publicar un comentario