Se lee en un libro sobre el Espíritu Santo que un hombre sirvió durante mucho tiempo a un rey con la intención de enriquecerse. Cuando cayó gravemente enfermo, el rey lo visitó.
Le preguntó si deseaba algo.
El enfermo respondió: Señor, no me deis riquezas; concededme ahora la salud.
Entonces el rey, al oír esto, quedó en silencio.
El enfermo añadió: Dios, cuántos caminos recorrí por ti, cuántos peligros afronté; cuántas veces velé y trabajé para obtener tu amor y riquezas. ¡Ay, qué dolor! En la necesidad trabajé y en la necesidad nada hice. Prometo a Dios que, si vivo, cambiaré mi modo de vida.
Y llegó a ser un buen hombre.

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