Juan era conocido en todo el pueblo por su afición a la bebida. Pasaba las tardes y gran parte de las noches en la taberna, gastando cuanto ganaba. Muchos intentaron aconsejarlo, pero él respondía con burlas y seguía el mismo camino.
Una noche regresaba tambaleándose por un camino solitario. El viento soplaba entre los árboles y el silencio pesaba sobre los campos. De pronto oyó unos alaridos lejanos y un eco triste que repetía una frase una y otra vez:
—¡El Diablo anda suelto! ¡El Diablo anda suelto!
Juan sintió que los cabellos se le erizaban. Intentó convencerse de que todo era producto del vino, pero la voz continuó acercándose. Entonces el paisaje pareció desaparecer ante sus ojos y vio una visión aterradora.
Contempló tormentas que hundían navíos, edificios derribados por vientos furiosos y hombres envejecidos por los trabajos de la vida. Sin embargo, una voz le hizo comprender que aquellos sufrimientos eran pequeños comparados con otro mucho mayor.
Ante él apareció un alma condenada que gemía sin descanso. Entre lamentos decía:
—¡Desdichado de mí! La memoria de lo que fui me atormenta. El entendimiento que goberné tan mal me acusa. La voluntad que empleé para el mal se vuelve contra mí.
Juan escuchó aquellas palabras con espanto. El condenado continuó:
—Esta es la desdicha de las desdichas, el horror de los horrores. Por más que busque descanso, no lo encontraré jamás.
Los gritos resonaron por todas partes. Juan cayó de rodillas. El vino se le pasó de golpe. Comenzó a llorar como nunca antes y pidió misericordia a Dios.
Al amanecer lo encontraron junto al camino. Desde aquel día abandonó la bebida. Empezó a frecuentar la iglesia, se confesó después de muchos años y dedicó largas horas a la oración.
Pasó el tiempo. Juan vendió lo poco que poseía y pidió ser admitido en un monasterio. Allí trabajó humildemente en la huerta, asistió a los oficios y llevó una vida de penitencia.
Cuando los jóvenes le preguntaban por qué había dejado aquella vida desordenada, él respondía:
—Una noche comprendí que el hombre puede perderlo todo. Dios me permitió ver adónde conduce el pecado cuando uno se obstina en él. Desde entonces busco servirle cada día.
Y así, el antiguo borracho terminó sus años como un monje ejemplar, agradeciendo siempre la noche en que aquella visión cambió para siempre el rumbo de su vida.

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