El monje que quiso pecar con la hija de la viuda.

 


Un monje tuvo que salir del monasterio por asuntos necesarios y llegó a una casa en la ciudad. En lugar de encontrar al hombre que buscaba, se topó con la hija de una viuda, una joven virtuosa. Dominado por la tentación de la carne, el monje intentó seducirla y pecar con ella. La joven, con gran sabiduría y valentía, le respondió: “Los monjes primero oran antes de hacer cualquier cosa. ¿Por qué no oras tú primero para discernir si esto conviene o no?”.

El monje, cegado por la pasión, se negaba a orar y seguía insistiendo. Entonces la joven, con firmeza, le advirtió: “Si me tocas, me ahorcaré aquí mismo, y la justicia te condenará por mi muerte”. Aquellas palabras golpearon fuertemente el corazón del monje. Sintió un profundo horror y vergüenza. La predicación de aquella mujer virtuosa logró lo que muchos sermones no habían conseguido: despertó en él una sincera compunción.

Llorando amargamente, el monje regresó al monasterio y le contó todo a su superior. Le suplicó que nunca más le permitiera salir fuera del monasterio, porque reconocía su gran debilidad. Hizo penitencia con humildad y perseveró en la vida religiosa hasta su muerte. De esta manera, una joven laica, con su pureza y sabiduría, se convirtió en instrumento de salvación para un monje.

Esta historia es muy hermosa porque muestra que Dios puede usar a cualquier persona —incluso a una mujer joven y seglar— para convertir un alma. También nos enseña que la verdadera compunción muchas veces nace del choque entre la tentación y una virtud firme. El monje no solo evitó el pecado, sino que reconoció su fragilidad y tomó medidas concretas para proteger su vocación.

              

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