Había un monje muy respetado en el monasterio, conocido por su don de exhortar y animar a los hermanos con sabias palabras. Un día, deseando mayor perfección, decidió vivir en completa soledad, sin ayuda de nadie. Mientras vendía sus esteras en el mercado, vio a una mujer y cayó en tentación, cometiendo pecado con ella. Inmediatamente después, lo invadió una profunda desesperación. Creyendo que ya no tenía salvación, caminó hacia un río con intención de ahogarse.
En ese momento de oscuridad, levantó los ojos al cielo y lloró con amargura: “¡Ay de mí! He entristecido al Espíritu Santo, a los ángeles y a mis hermanos monjes, y he dado alegría a mis enemigos espirituales”. Arrepentido, regresó a su celda, se encerró durante un año entero y no salía ni siquiera para exhortar a los hermanos. Cuando estos venían a buscarlo, respondía desde dentro: “He hecho un voto y no puedo hablar”. Nunca confesó públicamente su pecado, pero en secreto suplicaba a Dios que, si era necesario, lo manifestara.
Al llegar la Pascua de Resurrección, pidió al Señor una señal de perdón: que le encendiera una vela con su propia mano y que esta permaneciera siempre encendida. Dios, en su infinita misericordia, le concedió el milagro. La vela se encendió milagrosamente y se mantuvo ardiendo como prueba de que sus pecados habían sido perdonados. El monje recuperó la paz y la confianza en la misericordia divina.
Esta historia es un bello testimonio de cómo incluso un monje piadoso puede caer, pero también de cómo la humildad, el arrepentimiento sincero y la perseverancia en la penitencia secreta mueven el corazón de Dios. La vela encendida se convirtió en un símbolo visible de esperanza: nadie está tan caído que la gracia de Dios no pueda restaurarlo.
Comentarios
Publicar un comentario