El Abad Sisoyo era ya muy anciano y se encontraba en el lecho de muerte. Muchos monjes se habían reunido alrededor de su celda para acompañarlo en sus últimos momentos. De repente, el rostro del anciano se iluminó y dijo con asombro: “Apartaos, que viene Antonio del cielo”. En ese instante, todo el aposento se llenó de resplandor. Poco después volvió a hablar: “Los ángeles vienen con los patriarcas”, y su rostro se iluminó aún más intensamente.
Por tercera vez, con voz llena de reverencia, exclamó: “El Señor viene”. Los ángeles comenzaron a llamarlo para que partiera con el Señor. Entonces Sisoyo, con profunda humildad, les suplicó: “Aguardaos un poco más, por favor, para que pueda hacer penitencia”. Sus discípulos, sorprendidos, le dijeron: “Padre, ya no tienes necesidad de penitencia”. Pero el santo anciano respondió con gran sinceridad: “Os digo de verdad que nunca he comenzado realmente a hacer penitencia como es debido”.
Con estas humildes palabras, el Abad Sisoyo entregó su alma a Dios. A pesar de haber vivido una vida de extraordinaria austeridad y santidad reconocida por todos, en el momento final se consideraba a sí mismo como alguien que apenas había empezado a arrepentirse de verdad.
Esta historia es una de las más conmovedoras y profundas de toda la colección. Muestra la verdadera humildad de los santos: cuanto más cerca están de Dios, más conscientes son de su propia insuficiencia. El Abad Sisoyo nos enseña que una vida entera de penitencia puede parecer poca cosa ante la grandeza de Dios, y que la verdadera compunción no termina nunca en esta vida.
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