El Abad Elías, ya anciano de ochenta años, vivía en el desierto dedicado a una vida de oración y austeridad. Un día, al mediodía, una mujer apareció en la ventanilla de su celda pidiéndole un jarro de agua porque se moría de sed. El anciano, movido por la compasión, le dio de beber. Sin embargo, después de que la mujer se marchara, una fuerte tentación de pensamientos impuros se apoderó de él. Ardiente de deseo, tomó su bastón y salió bajo el sol abrasador del desierto con la intención de buscarla y pecar con ella.
Mientras caminaba, de repente se le apareció una figura terrible. La tierra se abrió ante sus ojos y vio un profundo hoyo lleno de cuerpos en descomposición de hombres y mujeres que habían sido hermosos. El hedor era insoportable. El ángel le dijo con severidad: “¿A dónde vas, Elías? ¡Ay del linaje humano que ama tales cosas y por ellas abandona a Dios!”. El anciano no pudo soportar el terrible olor y cayó al suelo como muerto. El ángel lo levantó y le advirtió: “Levántate y mira por ti”. Lleno de compunción y horror, Elías regresó llorando amargamente a su celda y se entregó con mayor fervor a la penitencia.
Esta caída, aunque no llegó a consumarse, le sirvió al Abad Elías para tomar mayor conciencia de la fragilidad humana, incluso en la vejez y en la santidad. La visión del hoyo lleno de cadáveres hediondos se convirtió en un fuerte recordatorio de la verdadera naturaleza del pecado de la carne: algo que promete belleza pero termina en podredumbre y muerte.
Esta historia es particularmente impactante porque muestra que nadie, ni siquiera un anciano santo de ochenta años, está completamente a salvo de las tentaciones. Sin embargo, también resalta la misericordia de Dios, que permite estas pruebas para despertar una compunción más profunda y proteger al alma de una caída mayor.
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