El Abad Alexandro, con el corazón lleno de dolor espiritual, miraba a sus monjes y les decía con profunda tristeza: “¡Ay de nosotros! Estamos destruyendo con nuestra negligencia la vida de los ángeles que se vivía en el desierto”. Los monjes, al escucharlo, le respondían humildemente: “Padre, somos débiles”. Entonces Alexandro, con gran pasión, les contestaba: “Flacos somos para servir a Dios, pero fuertes para comer, beber y cumplir nuestros deseos”.
Lleno de compunción, el anciano comenzaba a gritar con voz fuerte y entrecortada: “¡Ay de ti, Alexandro! ¿Qué dirás cuando veas a los demás entrar en el Reino de los Cielos y a ti seas arrojado fuera?”. Estas palabras lo golpeaban tan profundamente que caía como muerto al suelo, llorando y gimiendo amargamente. Después se levantaba y rompía los cielos con sus gemidos y suspiros, implorando la misericordia de Dios.
Su penitencia no era solo por sus propios pecados, sino por la tibieza general de la comunidad monástica. Alexandro lloraba la pérdida de aquel fervor primero, de aquella vida pura y elevada que los monjes del desierto habían recibido como herencia de los grandes Padres. Su compunción era tan intensa que se convertía en un constante clamor al cielo.
Esta historia nos muestra una de las formas más puras de compunción: la que llora no solo por los pecados propios, sino por la gloria de Dios que se apaga en las almas. El Abad Alexandro nos enseña que un corazón verdaderamente espiritual sufre más por la pérdida de la vida angélica que por cualquier otra cosa. Su llanto constante es un ejemplo vivo de cómo el amor a Dios puede llevar al alma a una profunda y continua contrición.
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