Un ermitaño sintió un impulso profundo de internarse en el desierto, convencido de que quizá encontraría a algún siervo de Dios más antiguo y más santo que él. Caminó cuatro días y cuatro noches hasta que halló una gruta. Dentro vio a un monje sentado, inmóvil. Lo llamó según la costumbre de los ascetas, pero no respondió. Al tocar su espalda, el cuerpo entero se deshizo en polvo, y lo mismo ocurrió con la túnica que colgaba en la pared. Sin comprender lo sucedido, continuó su marcha.
Más adelante encontró otra cueva con huellas frescas. Llamó, nadie contestó. Decidió esperar afuera mientras caía la noche. Entonces apareció una manada de búfalos, y entre ellos un hombre desnudo, cubierto únicamente por el largo cabello que ocultaba su cuerpo. El ermitaño sintió temor, creyendo que era un espíritu. El hombre se detuvo y comenzó a orar largamente, pues había sufrido mucho a causa de los espíritus y temía ser engañado.
El visitante le gritó que era un hombre de carne y hueso, le mostró sus huellas y lo invitó a tocarlo. El asceta terminó su oración, se tranquilizó y lo condujo a su cueva. Allí, en la penumbra, el ermitaño sintió que estaba a punto de escuchar la explicación de aquel misterio.
El hombre del desierto habló. Había sido monje en la Tebaida y tejía lino. Una virgen consagrada le encargó vestidos y, con el tiempo, la confianza se volvió familiaridad, la familiaridad tentación, y la tentación pecado. Horrorizado por haber profanado a una esposa de Cristo, huyó al desierto. Encontró aquella cueva, una fuente y una palmera que daba doce racimos al año, uno por mes, suficientes para vivir. Su ropa se deshizo con el tiempo y su cabellera creció hasta cubrir su desnudez. Así había sobrevivido, apartado del mundo.
Confesó también su sufrimiento. Al principio enfermó del hígado, incapaz de levantarse para rezar. En su desesperación, un hombre misterioso entró en la cueva, le abrió el costado como con un escalpelo, raspó su hígado enfermo, lo mostró, lo limpió y lo devolvió a su lugar. Desde entonces no volvió a padecer dolor. El ermitaño, conmovido por aquella vida de penitencia y milagro, le rogó quedarse con él en el desierto interior.
El asceta negó con firmeza. Le dijo que no podría soportar el ataque de los demonios. Oró por él, lo bendijo y lo despidió. El ermitaño regresó para contar todo esto para provecho de quienes escuchan, revelando que el desierto no es solo soledad, sino combate, purificación y verdad.

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