Santa Magdalena se encontraba abatida, con el cuerpo débil y el alma inquieta. En su interior se oían voces que no eran suyas, palabras duras y temibles que surgían con fuerza, como si varios espíritus hablaran a la vez. Quienes estaban presentes escuchaban con asombro y temor.
Una voz, llena de soberbia, exclamó:
—¡Qué juicio espera a quienes no se conviertan! Yo, después de Lucifer que el Señor lo ate, soy el más soberbio. Aprendan aquí a humillarse, porque por un solo pecado estoy condenado para siempre.
Otra voz respondió, con tono grave:
—Sí, justamente estamos condenados porque recibimos más conocimiento que los hombres.
Entonces habló el espíritu inmundo 3:
—¡Oh bondad de Dios, cuán grande es para el pecador! ¡Y qué severa es su justicia para nosotros!
Continuó diciendo
—Al pecador no le faltan medios para obrar bien: tiene predicadores, confesores, señales del cielo… y aun así permanece obstinado. Y Dios, en su misericordia, llega incluso a servirse de nosotros para moverlos a conversión.
El espíritu inmundo 1 respondió:
—Humilla a los soberbios. Dios tiene más poder para atraer al bien que los demonios para arrastrar al mal.
Luego, con autoridad, añadió:
—No temo al espíritu inmundo 3, ni a Lucifer que el Señor lo ate, ni a todo el infierno. No puedo ser castigado por decir esto, porque Dios me lo manda. Y aun así, muchos no lo creerán. Pero no retrasen más la penitencia, porque el día del juicio se acerca.
La voz se volvió más intensa:
—Todas las piedras se levantarán contra los obstinados, y hasta las hojas de los árboles se volverán contra ellos. Jóvenes y ancianos, no resistan más. La muerte llega como un ladrón: no perdona a nadie, toma a pobres y ricos, grandes y pequeños. Como la hoz corta el heno, así corta la vida.
El espíritu inmundo 3, con cierto tono de burla, dijo:
—Es una gran osadía predicar la verdad de esta manera.
El espíritu inmundo 1 replicó con firmeza:
—Aunque seas mi príncipe, ahora no eres más que una mosca. ¿Dónde está tu poder? Antes desafiabas al cielo y a la tierra, y ahora te humillas bajo los pies de un hombre.
Y, como señal de dominio, declaró:
—Yo soy tu siervo, y tú querías destronar a Dios.
Luego se dirigió a Magdalena:
—Soporta esto por la remisión de tus pecados. Considérate digna de humillarte. Resiste al espíritu inmundo 3; mira cómo lo enfrento. En este cuerpo hay cinco príncipes.
Las voces continuaban, revelando su intención:
—Queríamos deshonrar las obras piadosas, pero Dios las exaltará por medios humildes. Trabajen con diligencia para su gloria.
Después, el espíritu inmundo 3 juró:
—He hablado de la misericordia de Dios para confundir a los demonios y a quienes practican artes ocultas.
El espíritu inmundo 1 añadió:
—Es necesario que obedezcas, aunque hayas sido príncipe.
Más tarde, hablando a otra religiosa presente, dijo:
—Debes dejarte guiar y aceptar la voluntad de Dios.
Y dirigiéndose a los otros espíritus:
—Hablen, miserables. Salgan y enfrenten lo que deben.
Entonces se oyó:
—No hay modo de ocultarse. Si el príncipe se ha humillado, también deben hacerlo los demás. Obedezcan a Dios y a la Virgen María.
Las palabras finales fueron como una orden solemne:
—Obedece, maldito. Que la justicia de Dios caiga sobre ti.
Tras largos momentos de lucha, oración y resistencia, los religiosos de la Orden de Predicadores perseveraron con firmeza. Con oraciones, disciplina y autoridad espiritual, enfrentaron cada manifestación.
Finalmente, después de aquel combate interior tan intenso, las voces cesaron. El cuerpo de Magdalena quedó en calma.
Había sido liberada.
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