En un domingo cualquiera, mientras los monjes se reunían en la iglesia para la liturgia, Paulo el Simple, conocido por su pureza de corazón y su don de ver lo invisible, observó algo que lo llenó de tristeza. Un monje entró en la iglesia siendo arrastrado por dos demonios que lo llevaban atado con una argolla de hierro a la nariz, como si fuera un animal. Profundamente compungido, Paulo se golpeaba la cabeza con las manos y se negó a entrar en el templo hasta que aquel monje saliera.
Cuando finalmente el monje salió de la iglesia, Paulo vio con gran alegría cómo dos ángeles luminosos lo sacaban ahora con rostros alegres, mientras los dos demonios se alejaban tristes y derrotados. Lleno de gozo, Paulo tomó al monje del brazo y le dijo: “Ven, hermano, cuéntanos qué te ha sucedido, porque yo vi que los demonios te traían cautivo y ahora los ángeles te sacan libre”.
El monje, avergonzado, confesó públicamente su pecado. Al entrar de nuevo en la iglesia, escucharon las palabras del profeta Isaías: “Lavaos, sed limpios, quitad vuestros pecados de delante de mis ojos”. Aquellas palabras penetraron profundamente en el corazón del monje, quien, lleno de compunción, exclamó: “Tú que viniste a salvar a los pecadores, haz en mí lo que acabas de decir: aunque mis pecados sean como la grana, serán blanqueados como la nieve”. En ese momento su alma se llenó de consuelo divino. Los demás monjes, al presenciarlo, glorificaron a Dios al ver cómo su Palabra tiene poder para convertir las almas.
Esta historia muestra de manera hermosa y misteriosa la batalla espiritual que ocurre en el interior de cada persona. Paulo el Simple, con su mirada purificada, podía ver la realidad invisible: cómo el pecado nos esclaviza y cómo la verdadera compunción y la Palabra de Dios nos liberan. Es un poderoso recordatorio de que, aunque caigamos, la gracia de Dios está siempre dispuesta a restaurarnos cuando nos arrepentimos con sinceridad.
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