Dos monjes fueron fuertemente tentados por la carne. Incapaces de resistir el deseo, decidieron abandonar el monasterio y regresar al mundo para tomar mujeres y satisfacer sus pasiones. Después de algún tiempo viviendo en el siglo, ambos se miraron y se preguntaron con tristeza: “¿Qué fruto hemos sacado de estas cosas tan vergonzosas?”. Avergonzados de sí mismos, decidieron volver al monasterio y pedir perdón.
Los ancianos del monasterio los recibieron y les impusieron un año entero de dura penitencia. Al terminar el año, los dos monjes salieron muy diferentes. Uno de ellos estaba extremadamente flaco, pálido y demacrado; el otro, en cambio, se veía alegre, saludable y con buen color. Los monjes, sorprendidos por la gran diferencia, les preguntaron cuál había sido la causa.
El primero respondió: “Durante todo este año, no hice más que recordar y revolver en mi corazón las penas del infierno que merecían mis culpas, y ese temor me consumía”. El segundo dijo con serenidad: “Yo, en cambio, daba continuamente gracias a Dios porque me había sacado del infierno del mundo y me había traído de nuevo al paraíso de la vida religiosa”. Los ancianos, al escucharlos, se llenaron de alegría y dijeron: “Ambos son iguales en mérito delante de Dios”, y todos se edificaron con su penitencia.
Esta historia enseña una lección profunda sobre la calidad interior de la penitencia. No siempre el que sufre más visiblemente es el que más agrada a Dios. Uno se arrepintió impulsado principalmente por el temor, mientras que el otro lo hizo movido por el agradecimiento y el amor. Ambas motivaciones son válidas, pero la que nace del amor y la gratitud produce un fruto más sereno y gozoso.
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