Cuenta Vicente que una noble romana tuvo un hijo de su marido. Lo amaba profundamente y lo mantenía siempre a su lado, incluso durante el descanso. Cuando su marido partió en peregrinación al Santo Sepulcro, ella quedó embarazada de su esposo.
Al dar a luz, vendió al niño movida por la miseria y la desesperación, pues su marido tardaba en regresar y el sustento faltaba en su casa.
Un año después, apareció un demonio que se presentaba como hechicero, vestido como tal, y que servía al rey revelándole los nombres de quienes vivían en pecado mortal. El hechicero señalaba a las personas y el rey ordenaba darles muerte.
Un día, ante el tribunal del rey, aquel hechicero acusó a la mujer con dureza, llamándola pecadora gravísima y culpable de haber entregado a su propio hijo.
Al oír la acusación, la mujer cayó desmayada. La sacaron del lugar, la atendieron y, al recobrar el sentido, pidió un breve plazo.
Entró en la iglesia de la Virgen con lágrimas sinceras, confesó sus culpas a un sacerdote, recibió la penitencia y se encomendó humildemente a la Madre de Dios.
Llegado el día señalado, volvió ante el tribunal. El demonio se presentó y declaró:
“Si digo la verdad, que ella sea entregada al fuego; si miento, que yo sea entregado al fuego”.
Luego intentó acusarla, fijando su mirada en ella.
Entonces dijo:
“No la reconozco… la Virgen la cubre con su manto”.
Todos quedaron sobrecogidos y se santiguaron. El demonio desapareció de repente, dejando tras de sí un hedor insoportable.
Comentarios
Publicar un comentario