En el año del Señor de 1218, en las tierras de Namur, Bélgica vivía Godofredo de Namur, hijo único del conde Lamberto. Al morir su padre heredó castillos, tierras y gran fortuna. Apenas fue armado caballero a los diecinueve años, se dejó arrastrar por la vanagloria: buscaba aplausos en los torneos de Lieja y de Lovaina, y repartía oro a los juglares para que cantaran sus hazañas. En tres años dilapidó la herencia. Cuando ya no tuvo feudos que empeñar al rico ministerial Hugo de Florennes, pensó en huir a Francia antes que soportar la vergüenza de mendigar entre sus parientes.
Tenía como mayordomo a Radulfo, hombre de rostro piadoso pero entregado en secreto a los demonios. Al ver a su señor abatido, le dijo:
—Mi señor Godofredo, ¿desea volver a ser rico y honrado como su padre?
—Lo deseo, Radulfo, pero sin perder a Dios —respondió el joven.
—No tema. Sígame esta noche y todo quedará resuelto.
El pacto en el pantano de Salzinnes
La noche del 3 de octubre de 1218, Radulfo lo condujo por el bosque hasta el pantano de Salzinnes. Allí comenzó a hablar con alguien invisible.
—¿Con quién hablas? —preguntó Godofredo.
—Callad. Hablo con mi señor, el príncipe de este mundo —dijo Radulfo.
Godofredo quiso huir, pero el mayordomo rogó al demonio que devolviera a su amo las riquezas y la gloria. Una voz ronca respondió desde la niebla:
—Se las daré, y mayores que las de Lamberto su padre. Pero antes debe renunciar al Altísimo y entregarse a mí por escrito.
Godofredo temblaba y se negaba. Radulfo insistía:
—¿Qué le cuesta una palabra? Diga: renuncio.
Humillado por la miseria y cegado por la soberbia, el joven pronunció la renuncia y firmó con su sangre en un pergamino que Radulfo le tendió. Al instante sintió un frío que le entró hasta los huesos.
La posesión y el tormento
Antes del invierno ya había recuperado sus castillos y sus rentas se multiplicaron, pero con ellas llegó un tormento que ningún médico entendía. No dormía, oía voces que lo insultaban, tenía arrebatos de ira y blasfemaba sin quererlo. En la iglesia de San Albano de Namur caía al suelo cuando alzaban la hostia. Los criados decían que por las noches hablaba con alguien en su cámara. Era la señal del pacto: el diablo había tomado posesión de él por dentro.
El encuentro con fray Tomás y la dura liberación
En la Cuaresma de 1219, huyendo de sí mismo, Godofredo llegó a los bosques de Marche-les-Dames. Allí lo encontró fray Tomás de Celano, franciscano que predicaba por la diócesis de Lieja. Al verlo desencajado y con la mirada perdida, le ofreció agua y pan. Godofredo se derrumbó y confesó todo: el pacto, la firma con sangre, la opresión que lo quemaba por dentro.
Fray Tomás no lo abandonó. Le advirtió con claridad:
—Hijo, no será fácil. Al renunciar a Dios le diste derecho al enemigo para habitar en ti. Esto es posesión diabólica y solo sale con mucha oración, ayuno y paciencia. Pero la sangre de Cristo puede más que tu firma.
Lo llevó al monasterio de Floreffe. Allí comenzó un proceso que duró casi dos años. Godofredo tuvo que confesar su pecado ante la comunidad, devolver todas las tierras mal habidas a Hugo de Florennes y a la Iglesia, y vestir sayal de penitente.
La lucha fue terrible. Había días en que se revolcaba en el suelo, maldecía a gritos y tenía fuerzas que cuatro hombres no podían sujetar. Fray Tomás y los premonstratenses se turnaban para velar junto a él, rezando los exorcismos, rociándolo con agua bendita y encomendándolo a la Virgen María. Cuando la crisis pasaba, Godofredo lloraba como un niño y pedía perdón.
Poco a poco las manifestaciones se espaciaron. En la Navidad de 1220 pudo comulgar sin caer. En Pascua de 1221, tras una última noche de combate, despertó en paz y dijo: “Ya se fue. Ya estoy solo conmigo y con Dios”.
El resto de sus días
Godofredo no reclamó sus títulos. Repartió lo poco que le quedaba entre leprosos y se quedó como hermano lego en Floreffe. Hasta su muerte en 1247, cuidó la huerta y lavó los pies de los peregrinos. Cuando le preguntaban por qué había dejado de ser conde, respondía:
“Preferí ser portero en la casa de Dios que príncipe en la cárcel del diablo”.

Comentarios
Publicar un comentario