Cuentan los marineros del norte que Oddo, célebre pirata danés, recorría los mares sin embarcación alguna, sostenido por artes oscuras que le permitían deslizarse sobre las olas como si el océano fuese su propio navío.
Decían que con conjuros antiguos levantaba tempestades repentinas, remolinos que tragaban barcos enteros y vientos que obedecían a su voz.
Durante años, Oddo sembró terror en las rutas comerciales, destruyendo embarcaciones enemigas con solo extender la mano hacia el horizonte.
Pero la historia cambia cuando un día, en aguas del Atlántico, un barco español —la Santa Aurelia— se cruzó en su camino.
La tripulación española, compuesta por marineros veteranos y un capitán devoto, divisó a Oddo avanzando sobre las aguas, rodeado de espuma y viento.
El danés levantó los brazos y el cielo se oscureció de inmediato.
Las nubes giraron en espiral, y un remolino comenzó a formarse bajo la quilla del barco.
Los marineros, aterrados, se aferraron a los mástiles.
El capitán, comprendiendo que aquello no era tormenta natural, gritó:
“¡A la Virgen Santa, encomendaos!”
Y todos, como un solo hombre, elevaron su voz:
“¡Santa María, Madre de Dios, protégenos!”
Cuando Oddo lanzó su hechizo final para quebrar el casco del barco y reclamarlo como botín, algo inesperado ocurrió.
El mar, que hasta entonces obedecía al pirata, se volvió contra él.
El remolino que debía tragar la Santa Aurelia se abrió bajo los pies del propio Oddo.
El viento que debía impulsar su conjuro se detuvo como si una mano invisible lo hubiese sujetado.
Y la ola que debía volcar el barco español se levantó en dirección contraria, envolviendo al hechicero.
Los marineros españoles afirmaron después que, en el instante decisivo, vieron un resplandor blanco sobre la proa, como un manto extendido sobre las aguas.
Oddo, sorprendido por primera vez en su vida, fue sumergido en el abismo, él que antes dominaba los remolinos del mar con sus artes.
La Santa Aurelia quedó dañada, pero a flote.
Oddo, en cambio, desapareció bajo las aguas… salvo por un detalle que pocos conocen.
Uno de sus tripulantes —un joven islandés que había seguido a Oddo por ambición y miedo— logró alcanzar la orilla días después, exhausto, medio delirante.
Contó que, en el momento en que Oddo fue tragado por el mar, él sintió una fuerza que lo empujó hacia la superficie, como si alguien lo arrancara de la oscuridad.
Al recuperarse, confesó:
“El poder de Jesucristo es real. Lo vi. Lo sentí.”
Pero, pese a ese reconocimiento, no abandonó del todo sus artes mágicas.
Guardó algunos de los grimorios de Oddo, convencido de que podía usarlos sin caer en la misma ruina.
Y así, su destino quedó dividido:
entre la luz que había visto
y las sombras que aún se negaba a soltar.

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