120 años de purgatorio

 

Esto se sitúa en la ciudad de Granada, hacia los últimos años de vida de San Juan de Dios, alrededor del año 1548.

En el hospital donde el santo recogía y atendía a los enfermos, llegó un hombre gravemente afectado. Con el paso de los días, su estado empeoró, y quienes le asistían comprendieron que se acercaba el momento final. Por ello, dispusieron que se le administrara la extremaunción, conforme a la práctica piadosa de la Iglesia.

El enfermo, sin embargo, se resistió. Pensaba que aún no estaba tan cercano a la muerte y le inquietaba recibir el sacramento en aquel momento. Esa actitud no brotaba de rechazo a la fe, sino de descuido y falta de preparación interior. Persistió en su decisión, y poco después murió sin haber recibido la unción.

Algún tiempo más tarde, cuando San Juan de Dios se hallaba recogido en oración, se le apareció el alma de aquel hombre. Su estado era de gran sufrimiento, y su presencia causaba profunda impresión. Venía a manifestar la razón de su pena: haber dejado pasar la gracia que se le ofrecía en el momento decisivo.

Entonces le hizo saber que, por esa falta, debía permanecer en purificación durante ciento veinte años. No era condena definitiva, pero sí una pena larga y rigurosa, proporcionada a la negligencia cometida en la hora final. Con insistencia, le suplicó ayuda: oraciones, sacrificios y sobre todo el ofrecimiento del santo sacrificio de la misa.

Movido por compasión, San Juan de Dios comenzó a ofrecer sufragios por su alma con gran fervor. Según la tradición, gracias a estas intercesiones, aquella pena fue abreviada, y el alma alcanzó finalmente su purificación.

Así se transmitió este suceso en antiguos relatos espirituales, como ejemplo de la importancia de no descuidar los auxilios que se ofrecen al final de la vida y de la eficacia de las oraciones por los difuntos.

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