quedando el pobre maestro como discípulo de una mujer,

 

En el Perú hubo un varón muy estimado en toda aquella tierra. La vanidad lo desvaneció de tal manera que el saber, que da conocimiento de lo que es el hombre, no pudo sostener el edificio de su condición humana. Cuando estas cualidades se inflan, con dificultad quitan ese desorden que ellas mismas engendran, no por lo que son, por el mal uso que se les da.

Este doctor en Teología comenzó a tener amistad y comunicación con una mujer dedicada a ejercicios espirituales, que decía tener revelaciones y visiones angélicas, fingiendo éxtasis y raptos. Con estos prodigios engañosos que afirmaba, llegó a exaltarse tanto que consultaba con ella cuestiones difíciles de teología, quedando el pobre maestro como discípulo de una mujer, cuyo sexo calla cuando enseña.

La publicaba como gran santa y celestial, aunque quienes tenían juicio claro no la tenían en tal concepto. Esta mujer le hizo creer que en un rapto Dios le había mostrado cosas admirables sobre él. Y como el amor propio fácilmente se persuade de lo que desea, llegó a creer que podía hacer milagros y que realmente los hacía.

Con esta ceguera comenzó a enseñar proposiciones heréticas que la mujer le comunicaba, por lo cual fue apresado por el Tribunal de la Inquisición. Permaneció cinco años en la cárcel, donde muchos hombres doctos intentaron corregirlo, enviados por el tribunal con celo de salvar su alma.

Él los despreciaba, porque como dice San Agustín, lo verdadero resulta molesto para los ojos enfermos, aunque es amable para los puros. Afirmaba que tenía un ángel como maestro y que trataba con Dios con gran familiaridad, quien le decía que perseverara en su opinión.

Creció tanto su desvarío que llegó a decir que sería rey y pontífice, y que poseía mayor perfección que todos los santos. Aseguraba que Dios le había ofrecido una unión altísima y que él la había rechazado. También afirmaba que Dios le había dado ser redentor del mundo en eficacia, mientras que a Cristo le correspondía en suficiencia.

Decía que destruiría el estado eclesiástico y daría nuevas leyes. Y, en fin, enseñaba que se podía dar libertad a los deleites de la carne con uso desordenado, ordenando que no fuera necesario confesarlos en vida.

 Probadas más de ciento diez proposiciones heréticas, lo sacaron en un auto como autor de ellas, y fue condenado, muriendo obstinado en su error.

Comentarios