El verdugo que halló la luz: La conversión y mártir Apreniano.

 


Esta historia nos presenta un giro dramático y paradójico en medio de una persecución romana. Apreniano no es una víctima, sino el verdugo oficial, encargado de ejecutar a los santos Sísino y Ciriaco. Sin embargo, en el momento culminante del martirio, mientras ejerce su oficio de muerte, la gracia divina interviene. La voz del cielo que cita a Mateo 11:28, "Venid a mí todos los que trabajáis, y yo os recrearé", no va dirigida a los mártires moribundos, sino a su ejecutor. Apreniano, cansado quizás de la violencia y la injusticia de su labor, escucha el llamado al descanso verdadero.

La respuesta de Apreniano es inmediata y radical. Abandona sus instrumentos de tortura y se dirige a los mismos hombres a quienes estaba matando, reconociéndolos ahora como "santos mártires". En un acto de fe conmovedor, les suplica el bautismo, deseando ardientemente unirse a ellos no solo en la fe, sino en su destino final: el "refrigerio por el martirio". Esta petición invierte los roles: el verdugo se convierte en suplicante ante sus propias víctimas, buscando la salvación a través del mismo derramamiento de sangre que él mismo provocaba.

El desenlace subraya la inmediatez y la generosidad de la gracia divina. Tras ser bautizado por los agonizantes santos, Apreniano no huye, sino que se presenta ante el juez perseguidor. Su confesión es audaz: declara que el demonio incita al juez y afirma su nueva identidad: "yo soy cristiano". En cuestión de momentos, el ejecutor del imperio se convierte en el confesante de Cristo, y el texto concluye celebrando que Apreniano "mereció alcanzar la corona en tan breve tiempo". Su historia es un recordatorio potente de que no hay corazón demasiado endurecido para la conversión y que el arrepentimiento sincero, incluso en el último momento, abre las puertas del paraíso.

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