Un Curial, habiendo pecado gravemente con una hija espiritual a la que él mismo había bautizado en Pascua, se enfrentaba al día siguiente a la responsabilidad de celebrar la misa ante sus feligreses. Atormentado por un profundo temor al castigo divino, pero resistiéndose a la verdadera penitencia interior, decidió acudir a los baños para lavarse físicamente. El relato advierte de la inutilidad de este acto, señalando que "más valiera ir a la penitencia", es decir, a la confesión sacramental. Al salir del baño, y sin castigo inmediato, el Curial cobró confianza y entró a decir misa.
Durante la ceremonia, Dios, en su misericordia, decidió aguardar a que el hombre recapacitara y se arrepintiera, por lo que no lo castigó en ese momento. Al ver que Dios parecía haber "disimulado", el Curial regresó a su casa muy alegre y confiado, como si ya hubiera olvidado su transgresión. Sin embargo, su seguridad fue efímera. Al séptimo día, mientras se encontraba en su hogar, murió súbitamente.
El desenlace de la historia presenta un fuerte elemento de horror: de su cuerpo sin vida comenzó a salir un fuego de piedraazufre pestilencial. Este final terrible cumple la advertencia bíblica que se cita en el texto: "Sino hiciéremos penitencia, caeremos en manos de Dios vivo". La historia ilustra que la paciencia de Dios tiene un límite y que no buscar el arrepentimiento sincero lleva a una condenación manifiesta y visible.
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