Si una persona ha sido descuidada en cuidar su pureza, y ese descuido ha sido grave y por su propia culpa (aunque por fuera no se note), pierde algo que no puede recuperar. Así, cae muy lejos de la noble y valiosa virtud de la virginidad. Porque, aunque ante los ojos de las personas parezca intacta, ante los ojos de Dios no lo está.
Aun así, queda un pequeño consuelo: no todo está perdido. No se puede decir esto con más claridad, y ya está dicho bastante. Quien quiera entenderlo mejor, que lo pregunte.
Después de las monjas están las beatas. Aunque hayan hecho voto de castidad, como no viven en un estado considerado de perfección (aunque pueden ser muy buenas), no alcanzan el mismo grado de virginidad.
Las jóvenes que no han decidido aún su camino, ni religioso ni matrimonial, pueden considerarse vírgenes en cierto modo. Lo mismo ocurre con aquellas que desean casarse pero aún no lo han hecho. Mantienen su dignidad mientras conserven su cuerpo sin haberlo entregado voluntariamente.
Y digo “voluntariamente” porque, si una persona sufre algo en contra de su voluntad y lo rechaza, como dice San Agustín, aunque físicamente haya sido afectada, ante Dios sigue siendo pura, tanto en cuerpo como en alma, y no pierde su mérito.
No conviene explicar más, porque hay cosas que no son para decirse en público, sino en confesión.
En resumen, quien lea esto debe intentar conservar este gran valor, aunque no sea completamente, al menos en la mayor parte posible. Y si ya ha perdido algo, que cuide lo que le queda, porque todavía tiene mucho valor.
Y si todo está perdido, como puede ocurrir en personas solteras o viudas, debe vivir el resto de su vida con castidad según su estado.
Se entiende aquí por “personas continentes” a aquellas que, aunque no se han casado, han perdido lo que normalmente se pierde en el matrimonio.
Todo lo que se ha dicho sobre monjas, beatas, jóvenes y viudas también se aplica a los hombres: monjes, frailes y aquellos que deciden no casarse para dedicarse a Dios y vivir en castidad.
Algunas personas inteligentes y piadosas podrían preguntarse por qué los nombres de “vírgenes” y “continentes” se usan más para las mujeres que para los hombres.
Esto no solo ocurre en la opinión común, sino también en el calendario y en el martirologio de la Iglesia. Allí, estos nombres se aplican principalmente a las mujeres. Aunque ha habido hombres santos que fueron vírgenes y vivieron en continencia, la Iglesia no suele celebrarlos con esos nombres, sino como confesores o mártires.
Cuanto más difícil es alcanzar y practicar una virtud, más se valora. Por eso, amar a los enemigos se considera algo tan importante, porque es muy difícil para nuestra naturaleza y requiere más ayuda de Dios que amar a los amigos.
Por esta razón, la castidad se valora más en las mujeres que en los hombres. Como a ellas les cuesta más conservarla, se considera que su mérito es mayor.
Según esta forma de pensar, las mujeres son más débiles por naturaleza: tienen menos conocimiento, prudencia y constancia que los hombres. El autor afirma que dice esto no para criticarlas, sino para resaltar su mérito.
También sostiene que están más inclinadas a este tipo de tentaciones, relacionándolo con su naturaleza.
Por eso, concluye que Dios les dio un sentido natural de vergüenza como forma de protección y freno.
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