Babilas y las dos mujeres de la penitencia.

 

Babilas vivía una vida escandalosa, amancebado públicamente con dos mujeres. Un día, movido por la curiosidad o por costumbre, entró en la iglesia. En ese momento, el evangelio resonaba con fuerza: “Haced penitencia, porque el Reino de Dios se acerca”. Aquellas palabras penetraron como una espada en su corazón. Salió de la iglesia profundamente compungido y, sin dudarlo, dijo a las dos mujeres: “Yo me voy a hacer penitencia”.

Sorprendentemente, las dos mujeres respondieron con generosidad y valentía: “Si fuimos compañeras tuyas en la culpa, también queremos serlo en la penitencia”. Babilas se retiró entonces a una torre solitaria para hacer rigurosa penitencia. Las dos mujeres construyeron una pequeña casilla justo al lado de la torre y allí se entregaron también a una vida de oración, ayuno y mortificación, acompañando a Babilas en su conversión.

Los tres vivieron durante largo tiempo en aquella austera penitencia, separados físicamente pero unidos en el mismo propósito espiritual. Lo que comenzó como un pecado compartido se transformó, por la gracia de Dios y la compunción sincera, en una hermosa historia de redención colectiva.

Esta historia es especialmente conmovedora porque muestra que la verdadera compunción no solo transforma al pecador, sino que puede arrastrar consigo a quienes lo rodeaban en el pecado. El poder de una decisión valiente y el deseo sincero de reparar pueden convertir incluso las relaciones más desordenadas en caminos de santidad. Babilas y las dos mujeres nos enseñan que nunca es tarde para regresar a Dios, y que la penitencia, cuando es sincera, tiene una fuerza contagiosa.


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