Pídele que ore por mí.

  

un santo monje llamado Juan, conocido por su gran humildad, su vida austera y por las curaciones que Dios realizaba a través de él.

El santo acostumbraba ayudar a los enfermos cuando se lo pedían, aunque evitaba toda fama. No permitía que llevaran enfermos hasta su presencia. En cambio, bendecía aceite y lo enviaba para que los enfermos se ungieran con él, y así muchos quedaban sanos.

Un día la esposa de un senador perdió la vista. Ella suplicó a su esposo:

—Llévame ante el hombre de Dios para que ore por mí.

El esposo respondió:

—Él no tiene por costumbre recibir mujeres.

Entonces ella le dijo:

—Al menos ve tú y cuéntale mi enfermedad. Pídele que ore por mí.

El esposo fue a ver al santo y le explicó lo sucedido. El hombre de Dios oró, bendijo aceite y dijo:

—Llévale este aceite y que unja sus ojos con fe.

La mujer se ungió los ojos durante tres días y recuperó la vista. Entonces dio gracias a Dios.

La historia de este santo monje llamado Juan el Limosnero nos recuerda algo muy antiguo dentro de la vida cristiana: Dios muchas veces quiere servirse de cosas sencillas para conceder su ayuda. No porque el poder esté en el objeto, sino porque el Señor utiliza signos visibles para fortalecer la fe del corazón humano.

Cuando el monje bendijo el aceite y lo envió a aquella mujer que había perdido la vista, no estaba haciendo magia ni confiando en una cosa material. Estaba pidiendo a Dios que actuara por medio de un signo humilde. La mujer, al ungirse con fe durante tres días, puso su confianza en Dios y el Señor escuchó su oración.

Esto nos enseña el valor de los sacramentales en la vida cristiana. Los sacramentales son objetos o acciones bendecidas por la Iglesia que nos ayudan a disponernos para recibir la gracia de Dios. Entre ellos encontramos el agua bendita, el aceite bendito, los crucifijos, los rosarios, las medallas y muchos otros signos que han acompañado a los cristianos durante siglos.

Cuando un sacerdote bendice un objeto, no lo hace como un simple gesto. La Iglesia pide a Dios que ese objeto sea instrumento de protección, de consuelo y de ayuda espiritual para quien lo utilice con fe. Por eso, a lo largo de la historia, muchas personas han experimentado alivio, consuelo y hasta curaciones al usar con devoción estos signos benditos.

El aceite bendito, por ejemplo, ha sido usado desde los primeros siglos del cristianismo como signo de la misericordia de Dios. En la Sagrada Escritura, el aceite representa la sanación, la fuerza y la misericordia divina. Cuando se bendice y se usa con oración, recuerda al creyente que Dios puede tocar tanto el alma como el cuerpo.

Sin embargo, hay que entender algo muy importante: los sacramentales no actúan por sí mismos. No son amuletos ni talismanes. Su fruto depende de la fe, de la oración y de la confianza puesta en Dios. El objeto bendito es un signo que dirige el corazón hacia el Señor.

Por eso la Iglesia siempre ha animado a los fieles a usar con devoción el agua bendita al entrar en la iglesia o en el hogar, a llevar un rosario, a tener un crucifijo en la casa, o a usar medallas bendecidas. Estos signos nos recuerdan continuamente la presencia de Dios y nos ayudan a mantener el alma unida a Él.

La mujer de la historia recibió la curación cuando se ungió con fe y dio gracias a Dios. Ese es el punto central: el milagro no estaba en el aceite, sino en el poder de Dios y en la confianza del corazón.

De la misma manera, cuando un cristiano toma agua bendita, besa un crucifijo o usa un objeto bendecido por un sacerdote, está haciendo un acto de fe que abre su corazón a la acción de Dios.

Así, las cosas sencillas se convierten en instrumentos de gracia. Dios, que es grande, se complace muchas veces en obrar por medio de lo pequeño para recordar al ser humano que todo proviene de Él.

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