Un hombre tenía que emprender un largo viaje y dejar su casa por bastante tiempo. Estaba casado con una mujer que tenía fama de ser infiel, porque constantemente buscaba relaciones con otros hombres cuando su esposo no estaba.
Desde hacía tiempo, un espíritu oscuro rondaba la casa. Los demonios suelen acercarse a las personas que viven en el engaño y el pecado, y aquel espíritu sabía muy bien cómo era la mujer.
Un día, antes de partir, el hombre vio a aquel extraño personaje cerca de su casa. No sabía que era un demonio ni quién era realmente. Pensando que solo era alguien que merodeaba por el lugar, y casi en tono de broma, le dijo:
—Amigo, tengo que irme de viaje. Mientras yo esté fuera, te encargo que vigiles mi casa y cuides a mi esposa.
El espíritu aceptó.
Durante la ausencia del marido, la mujer siguió intentando traer amantes a la casa. Pero cada vez que un hombre intentaba acercarse a ella, algo invisible lo empujaba violentamente fuera del lecho. Algunos eran lanzados al suelo, otros golpeaban contra las paredes, y ninguno lograba siquiera tocarla.
Con el tiempo, empezaron a ocurrir cosas aún más extrañas. Muchos de los hombres que habían intentado acostarse con la mujer comenzaron a enfermar gravemente después de ser expulsados por aquella fuerza invisible. Algunos salían de la casa con fiebre, otros con dolores intensos, como si algo oscuro se hubiera pegado a ellos.La mujer tampoco escapó a aquello. Poco a poco comenzó a debilitarse y a enfermar. Su estado empeoró tanto que llegó a estar al borde de la muerte.
Cuando el esposo finalmente regresó de su viaje, encontró su casa llena de rumores y miedo: varios hombres enfermos después de haber pasado por allí y su propia esposa gravemente enferma. Sin entender qué estaba pasando, decidió llamar a un sacerdote.
El sacerdote llegó y comenzó a orar junto con el esposo para descubrir la causa de todo aquello. Durante las oraciones, el espíritu se manifestó.
Entonces dijo:
—Soy Hutgin. He estado aquí porque este hombre me pidió que cuidara de su esposa mientras él estaba fuera. Cumplí lo que me pidió: expulsé a todos los hombres que intentaron tocarla.
El esposo se quedó horrorizado, porque en ese momento comprendió que aquel ser no era un hombre cualquiera, sino un demonio.
El sacerdote continuó orando para romper aquella maldición. Finalmente, el espíritu dijo antes de irse:
—Me marcharé y los dejaré en paz. Pero escúchame bien: nunca vuelvas a pedirme algo así. Prefiero cuidar a todos los cerdos de Sajonia antes que volver a vigilar a tu esposa, porque intentó engañarme de muchas maneras.
Después de decir eso, el demonio desapareció.
Con el tiempo, las oraciones rompieron la maldición que había caído sobre la casa. Y el hombre aprendió una lección que jamás olvidaría: no se debe tratar con espíritus oscuros, ni siquiera sin saber quiénes son, porque siempre traen consecuencias.
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