un hombre poseído gritaba cuando veía a Jesús:

hay situaciones en que una persona no comprende por qué siente un rechazo fuerte hacia todo lo relacionado con Nuestro Señor. No siempre se trata de incredulidad intelectual; en muchos casos hay una lucha interior más profunda. La tradición cristiana siempre ha enseñado que el ser humano puede verse afectado por influencias espirituales que nublan su entendimiento y endurecen su corazón.

Nuestro Señor mismo habló de esta realidad. En el Evangelio se narra que algunas personas escuchaban la palabra y reaccionaban con hostilidad, aunque no entendían por qué. En Evangelio de Juan, el Señor dice: “El que es de Dios escucha las palabras de Dios; por eso ustedes no escuchan, porque no son de Dios” (Jn 8,47). No es solamente una cuestión intelectual; hay una resistencia interior que impide recibir la verdad.

Algo parecido aparece en el Evangelio de Marcos, cuando se relata que un hombre poseído gritaba cuando veía a Jesús: “¿Qué tienes conmigo, Jesús, Hijo del Dios Altísimo?” (Mc 5,7). Aquel hombre vivía atormentado y nadie lograba comprender su conducta. Solo cuando Cristo intervino se reveló que su comportamiento estaba ligado a una influencia espiritual que lo dominaba.

La Iglesia ha visto este fenómeno muchas veces a lo largo de los siglos. El corazón humano fue creado para Dios, y cuando una persona experimenta una aversión constante hacia lo sagrado —hacia la cruz, la oración, la Eucaristía o el nombre de Jesucristo— conviene examinar si existe una herida espiritual más profunda.

En el Evangelio de Lucas se relata otro caso: un muchacho que sufría convulsiones y destrucción interior. Su padre dijo a Jesús: “Tuve compasión de mi hijo… muchas veces lo arroja al fuego y al agua para destruirlo” (Lc 9,38-39). El Señor reprendió al espíritu maligno y el joven quedó libre. El relato muestra que a veces la persona misma no comprende la causa de su sufrimiento.

A lo largo de la historia cristiana hay testimonios parecidos. Muchos conversos cuentan que antes de acercarse a la fe sentían irritación cuando oían hablar de Cristo, sin saber explicar la razón. Algunos narran que no podían escuchar una oración o entrar en una iglesia sin experimentar un rechazo visceral. Después comprendieron que habían estado involucrados en prácticas espirituales desordenadas —espiritismo, brujería, invocaciones— o que habían abierto puertas espirituales sin darse cuenta.

Uno de los testimonios más conocidos en tiempos recientes es el de Gabriele Amorth, sacerdote que durante años atendió numerosos casos de influencia espiritual. Él contaba que muchas personas acudían a consulta por ansiedad, ira o rechazo inexplicable hacia lo sagrado. Cuando comenzaban a rezar o escuchaban el nombre de Jesús, reaccionaban con furia o angustia. En varios casos, después de oración intensa y acompañamiento espiritual, esas personas recuperaban la paz y su actitud cambiaba por completo.

La predicación cristiana siempre recuerda que Jesucristo vino precisamente para liberar al ser humano. En el Evangelio de Lucas el Señor declara su misión: “El Espíritu del Señor está sobre mí… me envió a proclamar la liberación a los cautivos” (Lc 4,18). Esta liberación no es solo exterior; toca el interior del corazón.

Cuando una persona siente rechazo hacia Cristo, el primer paso no es condenarla, sino rezar por ella. Muchas veces esa resistencia es señal de una batalla espiritual que la persona ni siquiera comprende. La oración, los sacramentos y la intercesión de la Iglesia han sido siempre el camino para sanar esas situaciones.

También es importante recordar que el mal intenta ocultarse. Quiere que la persona piense que todo es simplemente carácter, orgullo o ideas personales. Sin embargo, cuando la gracia de Dios comienza a actuar, el corazón cambia. Lo que antes provocaba rechazo empieza a despertar interés, y aquello que se evitaba —la oración, la palabra de Dios, el nombre de Jesús— se convierte en fuente de consuelo.

Por eso la predicación cristiana insiste en una verdad sencilla: ninguna persona está perdida mientras Cristo pueda tocar su corazón. Incluso quienes sienten una gran aversión hacia Él pueden ser transformados por su gracia. A lo largo de los siglos, innumerables testimonios muestran que quienes un día rechazaban a Cristo terminaron amándolo profundamente cuando su alma fue liberada.

Y esta es la esperanza del Evangelio: donde parece haber rechazo, Dios todavía puede obrar un cambio profundo. Porque el poder de Jesucristo siempre ha sido mayor que cualquier influencia que intente apartar al ser humano de su Creador.

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