El marido se acercó al fuego, saludó a su esposa afligida y le dijo que no tuviera temor. Aseguró que había venido para encomendarle ciertas cosas. Después pidió al alto monje que se retirara por un momento a otra estancia.
Comenzó entonces a hablar con ella y le rogó con insistencia que mandara celebrar misas por su alma. Suplicaba, insistía y pedía encarecidamente que se contrataran sacerdotes para tal fin. Cuando ya se disponía a marcharse, pidió que le diera la mano derecha.
La mujer, aterrada y llena de espanto, dudaba. Él prometió no hacerle daño. Finalmente ella extendió la mano. Aunque no sufrió herida visible, sintió una quemazón tan intensa que la mano le quedó para siempre ennegrecida.
Luego llamó al franciscano y ambos salieron juntos, desvaneciéndose de inmediato

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