Exhortación del abad Juan Casiano a los monjes recién llegados

El abad Juan Casiano dijo estas palabras a un grupo de monjes nuevos que había llegado a la ermita para aprender la vida espiritual.

Con frecuencia, durante la noche, los demonios también me han engañado. No me dejaban orar ni descansar, sugiriendo a mis sentidos y a mis pensamientos diversas fantasías durante toda la noche.

Por la mañana, como en una especie de ilusión, se postraban ante mí y decían:

—Perdónanos, Abba, porque te hemos causado trabajo durante toda la noche.

Yo les respondía:

—Apartaos de mí todos los que obráis la iniquidad, y no tentéis al siervo del Señor.

Por eso, hijitos míos, amad la quietud y el silencio. Aplicad vuestro esfuerzo al conocimiento y ejercitaos para que, mediante frecuentes conversaciones espirituales, vuestra mente se mantenga pura ante Dios, para que vuestras oraciones no sean impedidas ante Él.

Aunque quienes viven en medio del mundo realizan obras buenas y poseen una conciencia recta —ocupándose en obras religiosas y santas, practicando la hospitalidad, el servicio de la caridad, la misericordia, las visitas a los necesitados y otras obras semejantes—, en las cuales ayudan a muchos, también ellos guardan pureza interior.

Estos son dignos y muy dignos de estima, porque agradan a Dios en sus buenas obras y son obreros irreprochables en los mandamientos divinos.

Sin embargo, todas esas acciones pertenecen todavía al ámbito de las cosas terrenales y se realizan en relación con realidades corruptibles.

En cambio, quien se esfuerza en el ejercicio interior de la mente y cultiva dentro de sí los sentidos espirituales debe ser considerado muy superior. Ese hombre prepara dentro de sí un lugar donde habite el Espíritu Santo. Olvidando, en cierto modo, las cosas de la tierra, se ocupa con solicitud de las realidades celestiales.

Se coloca siempre ante la presencia de Dios y deja atrás todas las preocupaciones de las cosas presentes, abrazando únicamente el deseo de lo divino. Por eso, dedicado a la alabanza de Dios, a los himnos y a los salmos, día y noche no puede saciarse.

Estas y muchas otras cosas semejantes enseñó el abad Juan Casiano durante tres días seguidos, y con sus palabras fortaleció y renovó las almas de los monjes.

Cuando ellos comenzaron a prepararse para partir, les dio su bendición y les indicó que continuaran su camino.

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