un caballero que había prometido servir a Dios, pero luego cayó en la soberbia

 

Esto fue una visión en la que Jesucristo se dirige a Santa Brígida de Suecia, hablando acerca de un caballero que había prometido servir a Dios, pero luego cayó en la soberbia y el desprecio de lo sagrado:

Aquel hombre, tras haber hecho una promesa de fidelidad, arrojó a mi lado el signo de su compromiso, como quien rechaza lo que antes consideró valioso. Su actitud era como si dijera: “No temo tu amparo ni me interesa. Lo que poseo lo he conseguido por mis propios méritos y por mi linaje”. De ese modo, quebrantó la promesa que me había hecho.

¿En qué consiste la verdadera promesa que el hombre debe ofrecer a Dios? En vivir en el amor: toda obra debe estar guiada por el amor a su Creador. Sin embargo, él apartó este principio, cambiando el amor a Dios por amor desordenado hacia sí mismo; eligió su propio interés antes que la dicha eterna.

Así se alejó de mí y abandonó el santuario de mi humildad. El cuerpo de todo cristiano que vive en humildad es mi morada. Pero quienes se dejan dominar por la soberbia dejan de serlo y pasan a convertirse en morada del enemigo, que los conduce hacia deseos desordenados para cumplir sus propósitos.

Después de apartarse del templo de mi humildad y rechazar la defensa de la fe y el respeto santo, caminó con arrogancia, entregándose a pasiones egoístas, despreciando el temor de Dios y aumentando cada vez más en sus faltas.

Cuando llegó el final de su vida y su alma dejó el cuerpo, los demonios acudieron a su encuentro. Entonces se escucharon tres voces que daban testimonio contra él.

La primera dijo: “¿No es este el hombre que abandonó la humildad y nos siguió en el orgullo? Si pudiera elevarse aún más en su soberbia para superarnos, lo haría sin dudar”.

El alma respondió: “Yo soy ese”.

Y la justicia declaró: “Esta es tu retribución: descenderás de castigo en castigo, entregado de uno a otro hasta lo más profundo. Ningún tormento te será ajeno, participarás de todos ellos”.

La segunda voz exclamó: “¿No es este el que dejó el servicio a Dios para unirse a nosotros?”

El alma respondió: “Yo soy ese”.

Y la justicia dijo: “Todo aquel que imite tu conducta aumentará tu castigo. Sufrirás como quien recibe herida tras herida, hasta quedar completamente cubierto de dolor, sin alivio ni descanso”.

La tercera voz clamó: “¿No es este el que cambió a su Creador por sí mismo?”

Y la justicia respondió: “Así es. Por eso se le abrirán dos abismos: por uno entrará el castigo correspondiente a cada uno de sus pecados; por el otro, todo sufrimiento y vergüenza. No recibirá consuelo alguno, porque se amó a sí mismo más que a su Creador. Su pena no tendrá fin”.

Y concluyó diciendo: “Mira cuán desdichados son quienes me desprecian y cuán grande es el sufrimiento que adquieren por un placer pasajero”.

Qué pasa con el alma después de la muerte según la fe cristiana?

El alma comparece ante la justicia divina, donde recibe según sus obras. La vida vivida en fidelidad a Dios conduce a la salvación; el rechazo consciente trae consecuencias dolorosas.

¿Por qué el orgullo es considerado un pecado grave?

Porque lleva al ser humano a confiar solo en sí mismo, olvidando a Dios. Esto rompe la relación con el Creador y abre la puerta a muchos otros errores.

¿Cómo saber si una persona se está alejando de Dios?

Cuando deja de vivir en humildad, pierde el temor de Dios, actúa solo por interés propio y desprecia lo sagrado.

¿Qué significa vivir en humildad según el cristianismo?

Significa reconocer que todo bien proviene de Dios, actuar con amor y no buscar exaltarse por encima de los demás.

¿Existen castigos después de la muerte?

Según la tradición cristiana, sí. El alma recibe lo que ha elegido con su vida, ya sea cercanía con Dios o separación acompañada de sufrimiento.

¿Qué enseña la Iglesia sobre el amor a uno mismo?

Debe ser ordenado. Cuando una persona se pone por encima de Dios, ese amor se vuelve desordenado y perjudicial para el alma.

¿Se puede perder la salvación?

Sí, si la persona rechaza libremente a Dios y persiste en el pecado sin arrepentimiento.

¿Por qué es importante cumplir las promesas hechas a Dios?

Porque representan un compromiso sagrado. Romperlas debilita la vida espiritual y aleja a la persona del camino correcto.

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