Estaba en el monasterio, antes de la misa, cuando observó al sacerdote prepararse para la celebración. Todo seguía su curso habitual, el silencio y los gestos de siempre.
Entonces lo vio.
Mientras el sacerdote se revestía, dos serpientes aparecieron alrededor del cuello de otro hombre que estaba cerca, como aferradas a él. Permanecían allí, rodeándolo, como señalando algo que no se percibía a simple vista.
El hermano se quedó inmóvil, sin comprender.
El sacerdote continuó con la misa como si nada ocurriera.
Al terminar la celebración, el hermano volvió a mirar.
Ya no eran dos serpientes. Ahora se distinguían tres figuras, más pesadas, más marcadas, rodeando el cuello de aquel hombre de una forma distinta.
En ese momento, el sacerdote lo miró con calma y le habló.
Le explicó que aquello que veía tenía relación con la vida interior de ese hombre.
La primera serpiente representaba el dinero obtenido de forma injusta, cosas fuera de orden.
La segunda representaba la soberbia, el orgullo en sus decisiones y en su trato con los demás.
La tercera, con forma de dragón, señalaba una falta más grave en decisiones importantes, donde había pesado el interés personal.
El sacerdote guardó silencio un momento.
Después, aquel hombre bajó la mirada.
Pasaron unos días y tomó una decisión. Fue a confesarse, habló con sinceridad y comenzó a cambiar su vida.
Desde entonces, su manera de actuar fue distinta: más prudente, más sencilla y más recta.
Comentarios
Publicar un comentario