Enseñanza de uno de los Padres del desierto sobre la vanagloria y la vigilancia del alma
Entre los antiguos Padres del desierto, aquellos monjes que en los primeros siglos del cristianismo se retiraron a los desiertos de Egipto y de Oriente para vivir en oración, silencio y penitencia, se transmitieron muchas enseñanzas espirituales llenas de sabiduría.
Uno de esos maestros fue Juan Casiano, quien recogió en sus escritos las enseñanzas de los monjes del desierto, especialmente las de los ancianos egipcios. En sus Conferencias relata las palabras de un santo anciano llamado San Juan el Ermitaño, quien instruía a los hermanos acerca de los peligros de la vanagloria, de los deseos del corazón y de la necesidad de vigilancia interior.
En una de esas enseñanzas dijo a los monjes:
Advertencia contra la vanagloria y los placeres del cuerpo
«Por eso, carísimos, ya que habéis elegido agradar a Dios y llegar a su caridad, esforzaos en apartaros de toda vanagloria, de todo vicio del alma y de todo deleite corporal.
Y no penséis que los placeres del cuerpo son solamente aquellos de los que disfrutan los hombres del mundo. Incluso quienes practican la abstinencia deben considerar como deleite cualquier cosa que se tome por deseo desordenado, aunque sea algo sencillo o propio de quienes viven austeramente.
Incluso el agua o el pan, si se toman con deseo desordenado —es decir, no por necesidad del cuerpo, sino para satisfacer el apetito del alma— conducen también al vicio de los placeres.
Conviene acostumbrarse en todo a que el alma permanezca libre de vicio.
Por eso el Señor decía:
“Entrad por la puerta estrecha; porque ancha y espaciosa es la vía que conduce a la muerte, y muchos entran por ella; en cambio, estrecha y difícil es la vía que conduce a la vida.”
Ancha es la vía del alma cuando satisface cualquier deseo que se le presenta; estrecha cuando resiste sus propias inclinaciones.»
La utilidad de la vida solitaria
El anciano añadía que la vida solitaria ayuda mucho a alcanzar estas cosas. En la convivencia con muchos hermanos, a causa de las visitas, de las conversaciones y del deseo de ver a quienes llegan y se marchan, poco a poco se aflojan las riendas de la abstinencia y de la moderación.
Así, por pequeñas ocasiones, el corazón puede acostumbrarse nuevamente a los deleites, y de este modo incluso hombres ya avanzados en la vida espiritual pueden quedar atrapados.
Por eso decía también el rey David:
«He huido lejos y permanecí en la soledad; esperaba a aquel que me salvaría de la debilidad de mi ánimo y de la tempestad.»
Me encontraba en aquel desierto, viviendo en la soledad de mi cueva. Durante años, mi vida fue una constante de abstinencia; trabajaba con mis manos para obtener el sustento diario y permanecía en oración día y noche. Sentía que mi espíritu estaba adornado con virtudes y que mis progresos eran notables.
Pero ese fue mi error. En mi interior, empecé a confiar ciegamente en mis propias fuerzas. Comencé a creer que mi santidad era un logro personal, olvidando que todo lo que tenía era un don de Dios. En esa presunción, bajé la guardia, y el tentador no tardó en preparar su trampa.
Una tarde, mientras el sol caía, vi a una mujer que caminaba errante por la arena. Parecía agotada, vencida por el camino. Al llegar a la entrada de mi celda, se dejó caer de rodillas y me suplicó con voz quebrada:
—Ten compasión de mí, padre. La noche me ha alcanzado en este desierto desolado. Te ruego que me permitas descansar en un rincón de tu celda; si me quedo fuera, seré devorada por las bestias.
Movido por lo que yo creía era compasión, la dejé entrar. Le pregunté qué hacía una mujer sola en un lugar tan inhóspito, y ella comenzó a hilar una historia llena de penas e inventos. Su voz era suave, sus palabras halagadoras. A ratos despertaba mi lástima, a ratos mi instinto de protección. Sin darme cuenta, su conversación me fue envolviendo, inclinando mi ánimo hacia ella.
Pronto, la seriedad de la oración fue sustituida por bromas y risas ligeras. En un momento, ella extendió su mano con fingido respeto, como quien honra a un anciano, y tocó mi barba. Luego, sus dedos subieron y empezaron a acariciar suavemente mi cuello.
En ese instante, el horror se desató. Aquella figura humana comenzó a retorcerse y a estrecharse, transformándose ante mis ojos en una serpiente fría y oscura. Y yo, que me creía tan firme, me vi también convertido en esa misma naturaleza, cayendo ambos hacia el fuego que consumía mi espíritu.

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