Cuando los demonios se arremolinaban alrededor de Gudcalco, deformando el aire con sus gritos y amenazas, el joven sintió por un instante que su ánimo flaqueaba. Aquellas figuras oscuras parecían conocer cada uno de sus temores más íntimos y los arrojaban contra él como flechas encendidas. Sin embargo, en el momento en que la angustia comenzaba a cerrarle el pecho, una luz suave —pero firme como el acero— se abrió paso entre las sombras.
Era San Bartolomé, que se acercó con la serenidad de quien ha vencido muchas batallas espirituales. Su presencia no necesitaba palabras para infundir valor, pero aun así habló, porque sabía que el corazón humano necesita escuchar la verdad para afianzarse en ella.
Le dijo que las pruebas grandes no son signo de abandono, sino de elección; que Dios permite la tentación para que el alma se fortalezca, como el hierro que se templa en el fuego. Le recordó que ninguna fuerza infernal puede doblegar a quien se aferra a la cruz, porque Cristo convierte incluso los ataques del enemigo en ocasión de crecimiento.
Animado por estas palabras, Gudcalco recobró su ánimo. Miró a los demonios con una mezcla de firmeza y desprecio santo, y comenzó a burlarse de ellos, no por arrogancia, sino porque comprendió que su poder era ilusorio. Cada vez que uno de ellos intentaba acercarse, él trazaba la señal de la cruz, y la criatura retrocedía como si hubiera sido herida por un rayo.
Así, protegido por la gracia y sostenido por el ejemplo del apóstol, Gudcalco permaneció firme. Lo que había comenzado como un asalto aterrador terminó convirtiéndose en una victoria interior: la certeza de que quien confía en Dios no teme a los enemigos del alma, porque sabe que incluso en la oscuridad, la luz del Señor no se extingue.

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