"El obispo y la visión de las almas"

Un obispo se inquietó al escuchar que dos mujeres conocidas en su ciudad llevaban una vida de pecado serio. No sabía si creerlo, así que pidió a Dios que le mostrara la verdad.

Durante la misa, en el momento de la consagración y de la comunión, recibió una gracia especial: pudo ver el estado espiritual de las personas que se acercaban al altar. Algunos tenían el rostro limpio y sereno, como vestidos con ropas blancas; otros se veían manchados, como si el pecado pesara sobre ellos.

Cuando se acercaron las dos mujeres señaladas por los rumores, el obispo se sorprendió: las vio con semblante digno y como vestidas de blanco. Después de comulgar, se mostraban aún más purificadas.

Confundido, volvió a orar. Entonces comprendió que, en efecto, ellas habían vivido en pecado grave. Pero también habían reconocido su culpa, llorado sinceramente, pedido perdón en confesión, hecho penitencia y decidido cambiar de vida. Habían reparado el mal con limosnas y se habían apartado de lo que las llevaba a caer. Por eso Dios las había perdonado.

El mensaje que entendió el obispo fue claro: no hay pecado que Dios no pueda perdonar cuando hay arrepentimiento verdadero. Él conoce la debilidad humana y espera que la persona vuelva a Él con humildad.

También comprendió que quienes aparecían con rostro sereno eran los que procuraban vivir en pureza, justicia y caridad; los que se veían manchados eran los dominados por vicios; y los más endurecidos eran los que persistían en la mentira, la violencia y el rechazo de Dios.

Al final, el obispo entendió que debía corregir y enseñar con firmeza y con caridad, recordando siempre a su pueblo que nadie debe perder la esperanza mientras esté dispuesto a arrepentirse y comenzar de nuevo.

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