purificando su apego desordenado al dinero.


Un joven de 22 años regresó desde Francia y descubrió que toda su familia había muerto en un incendio. El sacerdote le aconsejó ofrecer Misas por ellos, pero él se negó, convencido de que no las necesitaban porque habían sido practicantes fieles.

Aquella noche, en una posada, mientras dormía sintió que su cama se hundía. Despertó en un lugar cubierto de humo y fuego. Allí vio a su padre devorando tierra con hambre insaciable, purificando su apego desordenado al dinero. Vio a su madre intentando atrapar el aire, imagen de la vanidad que marcó su vida. Observó a su hermano rodeado de llamas avivadas sin descanso, reflejo de su carácter iracundo. Finalmente contempló a su hermana bebiendo de aguas corrompidas, símbolo de su conducta deshonesta.

Sobrecogido, cerró los ojos y volvió a la habitación. La cama estaba quemada y su cuerpo presentaba señales del fuego, como prueba de aquella visita. Entonces comprendió que, aun quienes parecían piadosos, pueden necesitar sufragios, y que la oración por los difuntos es un deber de caridad que no debe descuidarse.

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