Zacarías visitó al abad Silvano y lo encontró varias veces inmóvil, con las manos elevadas hacia el cielo. Finalmente, al hallarlo descansando, le preguntó qué le ocurría. El anciano, tras insistencia de Zacarías, confesó que había sido llevado al cielo, donde contempló la gloria de Dios, y que solo entonces había sido devuelto a la tierra, quedando exhausto por la experiencia.

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