De María, sobrina de Abraham, y su caída por desesperación

 

Un cristiano vivía con mucha virtud y era muy estimado por la hermosura de su buena vida. Pero, como se dice en la vida de los santos, comenzó poco a poco a confiar demasiado en sí mismo. Y creciendo esta presunción, el demonio le engañó.

Tomó el demonio forma de mujer y fingió huir de sus acreedores. Rogó al cristiano que la escondiese para poder escapar. El cristiano, movido a compasión, la recogió; y hablando con ella poco a poco, el demonio le fue ablandando el corazón. Cegado, vino a pecar con ella.

Y en medio del pecado, el demonio desapareció. Luego se oyeron por el aire voces de demonios que se burlaban de él, para hacerle caer en desesperación, diciéndole que ya no podía volver a restituirse en la amistad de Dios.

Y desesperando, se fue al siglo y se entregó a toda inmundicia, como dijo san Pablo.


A María, sobrina de Abraham, le aconteció cosa semejante. Habiendo pecado con un cristiano, llena de amargura y tristeza, decía:

«Ya yo me doy por muerta para Dios.

¿Cómo osaré volver a ver la cara del santo Abraham, mi tío,

ni oír sus santas amonestaciones?

He enojado a Dios y perdido su gracia;

he quebrantado la palabra a Cristo, mi esposo.

No me querrá admitir,

ni podré levantar los ojos al cielo para pedir misericordia».

Y dando lugar a tan gran tristeza, cayó en desesperación y se fue al siglo a ser ramera, hasta que su santo tío la redujo nuevamente a Dios.

De otro cristiano engañado por el demonio en forma de ermitaño

(Relato referido por Paladio)

No menos peligrosa fue la caída de otro cristiano, como refiere Paladio. Este cristiano pidió a su padre licencia para ir al monasterio con gran fervor. Alcanzándola con mucha dificultad, vivió en el monasterio siete años con gran edificación.

Después pidió licencia al abad para irse a la soledad, y se le concedió, enviándole dos cristianos que le mostrasen el camino. Al tercer día, caminando por el desierto, estando sentados los tres junto a un vallado, vino un águila y se posó junto a ellos.

Dijeron entonces los dos cristianos:

—«¿Ves allí tu ángel? Síguelo, que nosotros nos volvemos».

Y despedidos, el cristiano siguió al águila hasta llegar a un lugar donde halló una fuente y una palma, que Dios le tenía allí aparejadas. Vivía allí quietamente, cuando el demonio, teniendo envidia de su virtud, tomó forma de ermitaño y se encontró un día con él.

Mostró gran admiración de que viviese allí un cristiano, y trabando amistad estrecha, le dijo:

—«Temo, hermano, que ofendamos a Dios si no comulgamos en las fiestas. Vamos, pues, los domingos a la ciudad a oír misa y comulgar».

Esto dijo para volverlo al siglo. Parecióle bien al cristiano y fueron un domingo. Pero al entrar en la iglesia, el ermitaño desapareció entre la mucha gente.

El cristiano, no hallando a su compañero, dijo:

—«Yo comulgaré; y si fue demonio el que venía conmigo, volveré luego a mi celda».

Y así lo hizo. Mas al salir de la ciudad, vinieron dos a encontrarse con él, y uno le dijo:

—«¿No sois vos hijo de fulano?»

Respondió que sí. Entonces le dijeron:

—«Vuestro padre murió días pasados y os dejó heredero universal de toda su hacienda».

El cristiano respondió:

—«Poco se me da; más quiero servir a Dios».

Mas el demonio le dijo:

—«Más vale ir, tomar la hacienda, darla a los pobres y después volver al desierto. Si no, daréis cuenta a Dios de no haber dispensado bien los bienes temporales».

Con esto lo dejaron, y el cristiano quedó perplejo. Finalmente se determinó a ir a distribuir la hacienda.

Llegando a la puerta de su casa, encontró a su padre vivo, quien al verle le dijo:

—«¿Toda esta era la prisa que me dabas para ir al monasterio?

¿Para qué volviste?»

Turbado, el cristiano respondió:

—«Con deseo de verte, padre, he venido».

Entró en su casa, y con las visitas de los parientes, las conversaciones inútiles, el comer y el beber, comenzó a distraerse, a perder la oración y los santos ejercicios. Al fin cayó en fornicación, y desesperando de poder restaurarse, se quedó en el siglo, y así murió.

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