En Guadalajara, México, a mediados de 1994, una mujer llamada María Yolanda Ríos vivía convencida de haber encontrado estabilidad: estaba embarazada y casada con José Armando, un hombre trabajador y atento.
En las reuniones familiares siempre estaban sus primas Catalina y Perla. Sonreían, pero guardaban resentimiento. Sentían que Yolanda tenía todo lo que ellas deseaban.
Una tarde, Catalina llegó con el teléfono en la mano.
—Mira lo que encontré —dijo, mostrándole imágenes—. José te está engañando.
Yolanda miró las supuestas conversaciones, temblándole las manos.
—Esto… ¿es verdad? —susurró.
—Yo no quería decírtelo —intervino Perla—, pero mereces saberlo.
Eran capturas falsas. Pero Yolanda lo creyó. Esa noche enfrentó a José.
—Vete de esta casa —le dijo entre lágrimas—. No quiero verte.
Él intentó explicarse, pero ella ya estaba rota. José salió con la esperanza de que todo se aclarara después.
Los días siguientes, Yolanda cayó en un estado profundo de tristeza. Catalina y Perla se ofrecieron a cuidarla.
—No te preocupes prima —decía Catalina—. Nosotras te haremos caldo para que recuperes fuerzas.
—Eres familia —agregaba Perla—. Estamos contigo.
Pero al poco tiempo, Yolanda comenzó a sentirse mal. Mareos. Temblores. Dolor en el vientre. Una noche cayó al suelo convulsionando.
—¡Le hace falta reposo! —decían las primas cuando alguien preguntaba.
Una tercera prima, Raquel, llegó de visita una mañana. Al entrar a la cocina notó una bolsa escondida detrás de unos trastos. La abrió y vio fragmentos blanquecinos que se deshacían al tocarlos.
—¿Qué es esto? —preguntó alarmada.
Catalina se puso pálida.
—Nada… cosas viejas.
Raquel no creyó la respuesta. Llevó a Yolanda al hospital esa misma tarde. Los médicos lucharon por estabilizarla. Su estado era grave. La familia, desesperada, buscó apoyo espiritual. Una tía colocó sobre su pecho una medalla de San Benito.
—Repite conmigo —le dijo suavemente—. La oración de San Benito… y la de la Sangre de Cristo.
Yolanda apenas movía los labios, pero lo intentó. Los días pasaron. Contra todo pronóstico, las convulsiones cesaron. La fiebre bajó. Su cuerpo comenzó a responder al tratamiento médico. Sobrevivió, aunque perdió el embarazo.
Mientras tanto, las autoridades analizaron la bolsa hallada por Raquel. La investigación reveló que los restos triturados eran humanos y que habían sido mezclados en la comida de Yolanda, provocando una infección severa.
Catalina y Perla fueron interrogadas.
—¿Por qué hicieron esto? —preguntó el investigador.
—Lo vimos en un video… en redes —dijo Perla entre sollozos—. Dijeron que funcionaba.
Ambas fueron detenidas y procesadas.
Meses después, Yolanda salió del hospital. Delgada, débil, pero viva. Conservó la medalla de San Benito como símbolo de su recuperación. Nunca volvió a ver a esas primas. Con el tiempo, reconstruyó su vida, lejos de aquel hogar donde casi la perdía.

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