modestia es más necesaria en el oído que en los ojos

 El gran Lumbier, cuenta que se le apareció a un siervo de Dios el alma de una mujer, y con lágrimas de fuego le dijo que estaba condenada por haber mirado una o más veces, con algún deleite impuro, a un criado, y no lo confesó. 

Aunque tuvo algún escrúpulo, le pareció que no sería pecado grave, porque nunca pensó pasar a algo más. Pero en el juicio de Dios no le valió la excusa de que le pareciera un pecado leve; debió preguntar, pues tuvo duda.

San Vicente Ferrer dice:la,A los ojos ya los dotó la naturaleza de puertas, pero al oído se le dejó abierto, confiando en que el recato debía proteger su entrada y cerrar el paso a los enemigos. 

Son los ojos las puertas principales por donde suele entrar este contagio. Por eso la naturaleza les dio doble guarda, poniendo en los párpados como puentes levadizos, que se bajan o se alzan según la necesidad y el peligro. En el movimiento de los ojos y de los párpados, dice la Escritura, se conoce la deshonestidad de la mujer. Mira cuánto importa el régimen modesto de la vista.

No digo, que andes siempre con los ojos en tierra, porque eso sería singularidad notable y notada, cosa que repruebo con la Escritura. Lo que se condena es el bullicio soberbio de los ojos, donde se transparenta la inconstancia del corazón. Por eso observa el apóstol de Valencia que los ojos de la Esposa se comparan con los de la paloma y no con los del halcón, que nunca cesa de mirar a todas partes.

Tampoco es menos reprensible en la doncella clavar los ojos, especialmente en una persona, con intención que suene a misterio. Si un abrir y cerrar de ojos puede robar una libertad, ¿qué hará una mirada pensada? ¿Y qué hará una mirada detenida, si una mirada de paso causa tanta ruina?

Lo mismo digo de mirar como a escondidas, con un descuido que aparenta descuido y en verdad muestra atención, porque el hombre es tan inclinado a la vanidad que a la menor señal se da por advertido.

Para huir de ambos riesgos, la Magdalena, después de convertida, no miró el rostro de nadie, ni siquiera de san Pedro, porque la mujer que desea conservarse pura no ha de poner los ojos en hombre alguno, aunque sea apóstol. El motivo de tan extraordinaria modestia fue que la vista causó el daño, y por eso aplicó el remedio donde estuvo la herida.

Si se dice que ver no es malo, respondo que ver objetos peligrosos siempre lo es. Y aunque no lo fuera, bastaría que fuera principio del mal y que de ello nacieran tantos males en el mundo, pues así comenzó el primer pecado. La mujer vio, reparó en la hermosura, halló deleite en lo visto, pasó al deseo y del deseo a la obra.

Así pensaría también la mujer de Lot: ¿qué mal puede haber en volver los ojos? Pero volverlos ella y quedar convertida en estatua fue una misma cosa. Donde miró, allí quedó.

Dina, según el Génesis, salió a ver a las mujeres de aquella región. Salió con honra y virtud, y volvió sin una ni otra. ¿Qué no se ha de temer de quien sale a lugares donde necesariamente verá hombres?

Santa Brígida, virgen, para no agradar a los hombres y permanecer sin matrimonio, pidió que se dañara uno de sus ojos. Cuando obtuvo lo que pidió, dio gracias. Y decía como aquel hombre a quien le sacaron un ojo por enfermedad: “Ya no me harás más mal; tengo un enemigo menos, solo temo al que me queda”.

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