La entrega y la fidelidad siempre triunfan.

 

12 de mayo de 1654, en Saint-Rémy, la sala del convento estaba silenciosa y solemne. Los sacerdotes se habían reunido con algunas hermanas y jóvenes para hablar sobre la virginidad consagrada y el destino de las almas.

—He oído decir —comenzó el padre Guillaume— que las vírgenes cantan un cántico que nadie más puede entonar. Nace de la entrega total de su corazón a Dios.

—¿Y qué de las mujeres casadas? —preguntó sor Madeleine—. ¿No son también bienaventuradas en el cielo?

—Sí —respondió el padre—, pero aquellas que se apartan del mundo y entregan todo alcanzan un honor mayor. Sus sacrificios son completos, y sus almas son como esposas del Señor mismo.

—Padre —intervino un joven monje—, ¿por qué Dios instituyó el matrimonio si su voluntad era que todas se entregaran a Él de esta manera?

—Es porque muchas vienen del mundo —explicó el padre Guillaume—. Aquellas que abandonan todo por amor a Dios reciben su recompensa eterna. Incluso la más pequeña criatura, que parece débil o insignificante, puede ser instrumento de su gloria.

—Pero, padre —replicó sor Madeleine—, ¿cómo puede una criatura tan humilde merecer coronas y delicias celestiales?

—No es por mérito propio —dijo el sacerdote—. Lo que ellas abandonan en lo terrenal, lo reciben multiplicado en lo eterno. Por un instante de renuncia a bienes y placeres pasajeros, Dios les otorga riquezas y delicias que no acaban.

Se recordaron entonces nombres de mujeres que habían vivido esta entrega: Úrsula, Margarita reina de Hungría, Catalina de Alejandría, Gertrudis, Margarita mártir.

—Todas estas mujeres —dijo el joven monje— comenzaron desde lo más humilde, y sin embargo Dios las levantó a grandeza.

—Así obra Él —respondió el padre Guillaume—. Lo pequeño y despreciado puede convertirse en grandeza para su gloria y la conversión de las almas.

—¿Y Louyse de Capeau? —preguntó una hermana—. Su vida ha sido de humillación y desprecio, ¿cómo puede ella alcanzar tal gloria?

—Sus pruebas no eran para destruirla —explicó el sacerdote—. Cada burla, cada desprecio, cada desafío de los demonios fue preparación para su exaltación. La fidelidad silenciosa transforma lo más difícil en fortaleza y ejemplo.

En ese momento, un estremecimiento recorrió la sala, como si el mismo infierno hubiera escuchado la conversación.

—¡No podemos permitir que esto continúe! —clamó uno de los presentes, interpretando la voz de los demonios.

—No podrán —respondió el padre Guillaume con voz firme. La entrega y la fidelidad siempre triunfan. Las humillaciones serán exaltadas, los desprecios convertidos en honor, y la gloria de Dios se manifestará plena.

Las hermanas y los jóvenes se miraron unos a otros, comprendiendo que la verdadera grandeza no dependía del mundo ni del poder, sino de la entrega total y el amor sincero a Dios. Y así, en aquel día, quedó claro que lo pequeño y humilde, ofrecido con corazón puro, se convierte en fuerza eterna y victoria divina.


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